Amelia Valcarcel: "Si una niña no va a la escuela a causa del velo, se podría retirar la tutela"
Filósofa de lengua afilada y voz envolvente, Amelia Valcárcel (1950), referente incontestable del feminismo español, es desde el 2006 la segunda mujer miembro del Consejo de Estado. Catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, casada con un filósofo y madre de filósofa, es también patrona del Museo del Prado. Desde que irrumpiera con su tesis sobre El derecho al mal (1980), ha escrito títulos como Hegel y la ética, Sexo y filosofía, Del miedo a la igualdad, Ética para un mundo global o el último, Hablemos de Dios, junto a Victòria Camps. Dice agradecer haber nacido en un mundo cambiante y sentirse coprotagonista de los cambios: “Han costado, pero, como decían las sufragistas al ser detenidas o golpeadas... no lo sintáis, si en el fondo lo estamos pasando muy bien”, ríe.
Persépolis, la película basada en un cómic sobre el papel de la mujer en Irán que se estrena ahora, y nuevos incidentes registrados en centros escolares reabren el debate sobre el velo. La feminista y filósofa Amelia Valcárcel aporta sus puntos de vista sobre éste y otros frentes de la lucha por los derechos de las mujeres.
El consejo escolar de una escuela catalana decidió recientemente que una niña no debía llevar el velo y, ante el conflicto con los padres, el Govern lo corrigió: ante todo, la escolarización, dijo.
A veces creemos estar haciéndolo muybien y nos estamos equivocando de plano. Creo que la escuela había tomado una buena decisión y que fue corregida por alguien invocando un derecho a la educación que no se puede invocar en este caso, porque la educación es un deber. Por lo tanto, no pueden decir que prefieren que se eduque con la pañoleta a que no se eduque, porque se tiene que educar en todo caso, con pañoleta o sin pañoleta. De eso no se puede abdicar.
¿Entonces?
Los padres tienen la obligación de educar porque, de lo contrario, incluso se les puede retirar la tutela.
¿Les retiramos la tutela a todos los que no quieren quitar el velo a sus hijas en la escuela?
Eso no ocurriría. Basta con hacer una instrucción, como otros países que ya se toman en serio la prohibición de cierto tipo de signos en los lugares públicos, y no venir aquí a inventar tolerancias que no lo son. Pedir tolerancia para una práctica que supone minorización es un anacronismo. No se puede pedir que sea tolerada una conducta que tuvo que ser abolida para que existiera la libertad individual.
¿Y qué piensa de la opinión de que el velo es cultura?
Si es un signo religioso, no debe estar presente en determinados lugares porque es manifiestamente incompatible con el suelo común de convivencia, y si es cultural y no religioso, lo que es dudoso, significa que las mujeres tienen obligaciones de decencia especiales. Ambos casos nos llevan al mismo lugar.
¿Esas obligaciones de decencia se les han olvidado a quienes nos recuerdan que también aquí las mujeres llevaban mantilla... y no pasaba nada?
No pasaba nada entonces, pero si ahora nos dijeran que nos pusiéramos mantilla y teja a todas horas, a ver si nos la poníamos. También se esgrime que otras niñas van al colegio enseñando las bragas por encima del pantalón. O que llevan piercing.
Hay personas que tienen una capacidad limitada de sentido histórico.
Ahí la antropología enseña bastante. Si alguien cree realmente que se pueden comparar la talla 38, el piercing y la pañoleta, debería informase sobre la historia de las religiones, de las culturas, el cubrimiento de las mujeres y su permisión en el ámbito público. Puede empezar por el Código de Hammurabi y se lo pasará muy bien.
Pero la prohibición ha llevado a las jóvenes musulmanas a calzarse aún más el velo en Europa.
La utilización política del velo ya se da sin prohibir nada. Lo que hay que analizar son los casos de personas con cierta debilidad social, de comunidades que se retiran en sí mismas porque no encuentran asidero fuera. Otra cosa añadida es que, de paso, el imán del barrio sabe de lo que se trata y se convierte en consejero de estos asuntos. Y otra aún peor es la existencia de entidades reactivas, como sucede en lugares de Europa y no descartemos el nuestro. Hay gente expeditiva que dice: “Si vienen, que hagan lo que hacemos aquí, y si no, que no vengan, porque nadie les ha mandado venir”. Creo que se puede afinar más, porque eso puede ser también una gran falta de atención y de compasión. Pero nunca hasta el punto de, en plan papanatas, creer que por el hecho de que lo hace alguien de fuera hay que tolerarlo para no ser llamado xenófobo. Eso es una actitud progre. Y hay progres en las derechas y en las izquierdas.
Cambiando de asunto, la ley de Igualdad llega a las empresas con normas no vinculantes. ¿Forma parte de una moral retórica sin posibilidad de penalizar?
Es una ley muy buena, pero, para provocar un consenso mayor, no es decididamente imperativa en algunos casos en los que recomienda. Las empresas también han de atender a eso porque es estúpido desperdiciar la cantidad de talento femenino que se desperdicia.
¿Qué nos lleva a parte de las mujeres a ofendernos porque se nos aplica un criterio de paridad o de discriminación positiva?
Nuestro sentido de la justicia. Creemos valer por nosotras mismas y no necesitar que nadie nos haga favores especiales. Es verdad la primera parte, son muchas las mujeres valiosas y no necesitan favores especiales, simplemente que les sean retirados los obstáculos especiales que sí tienen. Y eso es lo que la ley hace: no te da lo que no tienes, te quita lo que te impide progresar. Las mujeres tienen ahora más habilidades meritocráticas que los varones por término medio. Es la primera vez que ocurre, y lo lógico es que mujeres y varones obtengan resultados parecidos.
Parte de la sociedad española considera que tenemos pendiente aceptar la prostitución.
No es un sentimiento para nada mayoritario. Es muy fácil: pregúntese a todos los varones, incluso a aquellos que frecuentan, si quieren que su madre, sus hermanas o sus hijas se dediquen a esto. La mayor parte de las mujeres que se prostituyen han sido compradas y vendidas por redes de tráfico. No creo que haya nadie en su sano juicio que diga que eso es tolerable. Y en un mundo ideal, que no existe, en el que una mujer se prostituyera porque fuera prácticamente ninfómana y le apeteciera mucho, comprar sexo tampoco sería deseable, porque no es una buena forma de relación entre sexos. Al sexo, al afecto, como a todo, hay que dedicarle un pequeño esfuerzo.
Nadie ha hablado de violencia sexista en la agresión a una niña ecuatoriana en un tren barcelonés. ¿No la hay cuando no hay relación entre víctima y verdugo?
Ésta es otra: hablamos de que hay violencia de género cuando ésta se produce en el seno de la pareja o personas que han sido pareja. Y es evidente que la violencia contra las mujeres abarca mucho más.
Fuente: La Vanguardia
Domingo 4 noviembre 2007
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lunes, 5 de noviembre de 2007
miércoles, 10 de octubre de 2007
El velo islámico se rasga

Bajo el rótulo “El velo islámico se rasga”, el Semanario Alba publica un artículo del Profesor Pedro-Juan Viladrich de notable interés: “La Generalitat de Cataluña ha obligado a una escuela de Gerona a aceptar que una niña musulmana asista a clase con el 'hiyab', el pañuelo musulmán. Ante el revuelo organizado, y la relevancia del hecho en la opinión pública, el catedrático Pedro-Juan Viladrich reflexiona en este número de Alba sobre el tema, al considerar que se reabre el debate sobre la legalidad, incluso constitucional, del uso del velo islámico por parte de las menores escolarizadas en el sistema educativo español” (http://www.semanarioalba.com/content/view/462/57/).
La Generalitat de Cataluña ha obligado a una escuela de Gerona a aceptar que una niña musulmana asista a clase con el 'hiyab', el pañuelo musulmán. Ante el revuelo organizado, y la relevancia del hecho en la opinión pública, el catedrático Pedro-Juan Viladrich reflexiona en este número de Alba sobre el tema, al considerar que se reabre el debate sobre la legalidad, incluso constitucional, del uso del velo islámico por parte de las menores escolarizadas en el sistema educativo español.
Pedro-Juan Viladrich
Se reabre el debate de la legalidad, incluso constitucional, del uso del velo islámico por parte de las menores escolarizadas en el sistema educativo español. La Generalitat de Cataluña acaba de obligar a una escuela de Gerona a aceptar que una niña vaya a clase con el hiyab, el pañuelo musulmán. Bienvenido sea este debate, porque debajo del velo hay mucho más que el rostro de una niña de Gerona en particular. Hay cuestiones mayores de madurez ciudadana y democracia avanzada. Son complejas y muy diversas. Piden aquel tipo de soluciones que se cimentan en fundamentos sólidos y duraderos, que son ricos en excelentes matices, que articulan bien el caso particular y la regla general.
Los tres primeros principios que, en nuestra Constitución, rigen el tratamiento civil del factor religioso son el de libertad religiosa, el de aconfesionalidad del Estado y el de igualdad ante la ley. Por causa de la libertad religiosa, que pertenece a las personas de los ciudadanos y a las confesiones legalmente reconocidas, el Estado y los poderes públicos -en sus respectivos ámbitos de competencia- vienen obligados a promover las condiciones que hacen posible el ejercicio de la libertad religiosa y a remover los obstáculos que la impiden. Bajo el criterio de este principio, es legítimo vivir en nuestra sociedad -incluyendo el ir a la escuela o a la Universidad, por ejemplo- vistiéndonos o llevando signos que expresan nuestras convicciones religiosas. Respetando los derechos de los demás, podemos legítimamente enriquecer el entramado de la sociedad con aportaciones que, en el campo cultural, artístico, social y económico, surgen de la fe y su práctica. Podemos celebrar la Semana Santa, convertir un edificio en convento, edificar una catedral o fundar una universidad católica. Los curas y las monjas católicas pueden vestir sus hábitos religiosos en cualquier lugar, incluida ‘la calle’. Y los estudiantes católicos pueden ir a clase luciendo en su cuello un crucifijo, un escapulario o la imagen de la Virgen de su devoción. Lo mismo los ciudadanos de otras confesiones.
Por causa del segundo principio, el Estado no puede tener una confesión religiosa ni una ideología como oficial e imponerla a sus ciudadanos y a la sociedad. Y así, por ejemplo, en los establecimientos del Estado y de las Administraciones públicas -como, por ejemplo, es el caso de un colegio o una universidad pública- ni el crucifijo cristiano, ni la media luna islámica, ni el triángulo masón pueden formar parte de la simbología oficial de lo público y estatal. Por causa del principio de igualdad, por ejemplo, sería ilegal que la Generalitat de Cataluña apoyase el hiyab islámico de las alumnas y prohibiese -o dificultase con mil artimañas- el uso de símbolos cristianos a los alumnos de esta confesión; subvencionase la difusión del islamismo, del budismo o de la masonería y negase esas subvenciones a los sectores cristianos de la sociedad. Y no olvidemos que una forma perversa de fingir la igualdad es la ingeniería dirigida a diseñar, desde los poderes oficiales y con los recursos públicos, un igualitarismo religioso e ideológico inexistente en la realidad social. La sociedad española es de cultura y costumbres mayoritariamente cristianas. Hasta la misma Constitución, en su art. 16.3, señala a los poderes públicos la obligación constitucional de tener cuenta las creencias religiosas de la sociedad española, lo que, por de pronto y al menos, significa respetarlas.
Dicho esto, es preciso añadir que al apoyar la Generalitat el hiyab, el velo islámico se ha rasgado. Quiero decir que la forma islámica de vestir a la mujer se sumerge de lleno en el lavadero civil democrático, en el ágora donde la cultura política occidental -a la que pertenecen España, la sociedad de Gerona y la Generalitat de Cataluña- debate con libertad y a la luz de la mejor razón las cuestiones sociales y políticas. Si el velo es apoyado por nuestras leyes, entonces el velo también se somete a debate cívico al libre estilo occidental. Y la primera cuestión es si el velo islámico -desde su forma más leve hasta la más radical y entera- es una libre manifestación de la libertad religiosa de la mujer o, fuera del ámbito del derecho de libertad religiosa, estamos ante una manifestación de una concepción política, social, cultural y económica que somete la mujer al hombre. Porque si es lo segundo, no estamos ante un caso de libertad religiosa, sino ante una injusticia y una discriminación contra la mujer por razón de su sexo (agravada por su nacimiento, raza y religión islámica), contrarias frontalmente a nuestra civilización, a nuestra sociedad y a sus leyes, empezando por la Constitución vigente (art. 14).
La clave del asunto está más al fondo. La fe islámica no ha madurado todavía una neta distinción entre el ámbito de la fe y praxis religiosa y su autonomía respecto de lo cívico y político. Por decirlo con otras palabras, la mujer islámica siempre está velada, porque no tiene un ámbito vital para el significado religioso del velo y otro campo de su vida donde realizar los significados civiles y políticos. Todo es uno y confuso. Y dentro de esa confusión, si el velo es signo de la identidad de la mujer islámica en la unidad de lo social-político-religioso-familiar, entonces todos esos velos femeninos, por femeninos, son signos de una concepción desigual, discriminada y sometida de la mujer. Por eso la cuestión del velo no es sólo una cuestión de libertad religiosa, sino de libertad e igualdad social y civil. Espero que la Generalitat haya tenido en cuenta todo el calado y consecuencias. Espero que -conocida la exquisita preparación y finura del tripartito en estos temas- no se haya lanzado a la piscina del multiculturalismo simplón o del electoralismo demagógico.
Etiquetas:
dignidad de la mujer,
islam,
libertad religiosa,
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