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jueves, 26 de febrero de 2009

¿Todas las mujeres son iguales?


(Publicado en Forumlibertas el 25 de febrero de 2.009)
Autor: Jorge Enrique Mújica.

El feminismo laicista no tolera la voz de aquéllas que defienden la vida, sólo vale la palabra de las que promueven el aborto y están en contra del matrimonio y la familia
En la granja del señor Jones los animales no estaban felices con su tipo de vida así que un día se rebelan y expulsan a los propietarios.
La revolución fue un éxito por lo que los planes a futuro se multiplican: aprender a leer, estudiar, vivir mejor, construir un molino, fomentar una sociedad donde no haya privilegios para nadie y se mantenga una igualdad de oportunidades, derechos y obligaciones para todos.
Para regular las relaciones entre ellos, redactan una serie de mandamientos inviolables, especie de “código civil”, de entre los que resalta uno especialmente: “Todos los animales son iguales”.
Pero los cerdos van tomando posiciones hasta lograr administrar toda la granja, mientras los demás animales trabajaban para ellos absorbidos por sus falsas promesas y la creencia de que todos son enemigos, excepto los puercos.
Poco a poco los cerdos van desobedeciendo más y más los mandamientos en los que se basa su sociedad: viven mejor que los otros, bajo la excusa de cuidarse para poder llevar de un modo más eficiente el gobierno de la granja. Un día asesinan a varios animales que han confesado, obligadamente, que estaban siendo instigados a matar al líder del grupo.
Era el principio del fin de una promesa. Los animales no ven el progreso de la revolución ni viven mejor que antes; los cerdos cada vez desean prevalecer en un nivel superior llevados por la codicia y el egoísmo. Llegan incluso a aliarse con el hombre al que habían expulsado de la granja; visten y viven como el hombre…
Han pasado los años y todo ha cambiado. Aquel mandamiento que servía de eje para los otros ahora reza: “Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”.
Aunque la novela Rebelión en la granja, de George Orwell, fue escrita a manera de crítica al comunismo, bien puede aplicarse a la lectura errada que de la feminidad han hecho algunas feministas. Si bien es cierto que sus bases históricas parten de una necesidad real (la reivindicación práctica de los derechos de la mujer), la manera como se ha postulado y el desarrollo que ha conocido, les hacen distar de un auténtico movimiento que promueva verdaderamente una visión correcta de la mujer.
Para quien ve con honestidad la historia, no le resultará costoso reconocer la situación de apocamiento vivido por la mujer hasta el primer cuarto del siglo pasado en algunos sectores de la vida; un ambiente que le llevó a cuestionarse si el papel desempeñado debía limitarse al campo específico de su vocación natural de madre.
La constatación de sus muchas capacidades movió a distintos grupos a querer contribuir con las dotes propiamente femeninas en los ámbitos político, cultural y profesional. Pero lo que se postulaba como enriquecimiento social derivó en ideología cuando a la defensa y promoción de lo femenino, de la feminidad, se le agregó el interés sectario.
"Todos somos iguales”. Aquel mandamiento de la granja fue el eslogan de partida. La pretensión de una igualdad de derechos y oportunidades semejantes a las que tenía el varón y el deseo de enriquecer el mundo con una participación activa en aquellas áreas en las que su feminidad entrará en consonancia y competencia, no eran ilícitas ni malas. El error nació a partir de la corriente que interpretó la igualdad de derechos y oportunidades como una “igualdad” a secas, sin acentos y matices, sin aclaraciones ni diferencias.
Partiendo de un justo principio, y obteniendo las primeras inserciones de la mujer en algunos ámbitos profesionales y políticos, se hizo ver lo obtenido como una revolución exitosa que podía ir a más. Así, centradas en el “ir a más”, faltando una evaluación de la legalidad de los medios, las repercusiones de los fines, y aprovechando las iniciales reivindicaciones de los anhelos lícitos y válidos, los grupos feministas decantaron en el olvido de las obligaciones que seguían a los derechos y las diferencias físicas naturales de la mujer respecto al hombre. Sí, todos los seres humanos son iguales en materia de derechos y obligaciones, pero no en cuanto a dotes y aptitudes, por ejemplo, corporales.
Amparado a la sombra del engañoso progreso, y ejecutado el lavado de cerebro de muchas mujeres de buena intención, aquel revuelo del feminismo ha ido perdiendo de vista a aquella a quien promovía: la mujer.
Nadie va a negar que hoy, en muchas sociedades libres y democráticas, la mujer goza de un estatuto que muchas otras, en otros países, aún no conocen. Pero tampoco se va a pasar de largo la extendida ideología que confronta lo masculino y lo femenino cuando en lugar de contrapuestos son complementarios (pensamiento débil que, en definitiva, lleva a la minusvaloración de la familia y a una constante tensión hombre-mujer).
Menos aún se va a esconder que muchos de esos grupos feministas radicales han ido tomando una importancia creciente que las ha llevado a creerse jueces y árbitros de la vida y reputación de muchas otras mujeres robándoles el derecho a decidir por sí mismas e imponiéndoles ideas.
Así, el feminismo laicista no tolera la voz de aquellas que defienden y están abiertas a la vida, de las que se dicen creyentes, de las que se entregan y donan en la familia, de las que saben compaginar, sabia y valiosamente, maternidad, matrimonio y vida profesional; las estigmatizan y minusvaloran; su voz no cuenta. Sólo vale la palabra de las que promueven el aborto, de las ateas, de las que rechazan el matrimonio y la familia…
Cuando se constata la facilidad con que algunos grupos feministas apoyan el aborto en foros, congresos, reportajes televisivos o de periódico, e incluso ejercen presión ante gobiernos soberanos; cuando se constata la fuerza con que defienden iniciativas o proyectos de ley para legalizar o despenalizar el aborto, so pretexto de la pretendida y poco explicada salud reproductiva; cuando se difama, engaña y manipula la información en torno a cifras, personas, datos y testimonios, cabe pensar: ¿y la vida de esas pequeñas mujeres que están en el vientre de sus madres? Cómo no recordar la derivación a la que llegó el mandamiento de la granja cuando unos se convierten en tiranos de los otros. Es la errada visión del feminismo respecto a la mujer que todavía está en el vientre, y de la que defiende la vida y la familia, de donde nace espontáneamente la constatación que hoy por hoy hace esa ideología falsaria: “Todas las mujeres son iguales, pero unas son más iguales que otras”.
La opinión de algunas feministas no es la voz de todas las mujeres. De hecho, para encauzar bien la interpretación de lo que en realidad se debe defender y promover (lo femenino, la feminidad, lo que la mujer aporta al mundo y lo que puede recibir de él como mujer), han nacido reinterpretaciones que, tomando el término, añaden un adjetivo que califica la orientación que puede servirnos de ayuda para aceptarlo o no.
El hecho de que la mujer haya conocido una reivindicación debe llevarnos a valorarla, agradecerla y reflexionar sobre los límites naturales de ésta, no a modo de condicionamiento impuesto externamente o rechazo al progreso, sino como reconocimiento de las naturales fronteras a las que, tanto mujer como hombre, están sujetos.
Revalorizar el genio femenino no significa entrar en disputa con lo masculino sino que implica común encauce para un mutuo enriquecimiento. El hombre necesita de la mujer y la mujer necesita del hombre. Y si esto es así respecto al sexo opuesto, es de valorar la necesidad de una solidaridad entre las mismas mujeres. La feminidad está abierta a la vida y defiende la vida; reconoce a todas las mujeres iguales.

jueves, 23 de octubre de 2008

Orígenes del sufragio femenino en EEUU

Los orígenes cristianos del voto femenino: Seneca Falls, 1848

Las mujeres que incorporaron medio mundo a la política se forjaron luchando contra el alcohol y la esclavitud.


Los orígenes cristianos del voto femenino: Seneca Falls, 1848

Las mujeres que incorporaron medio mundo a la política se forjaron luchando contra el alcohol y la esclavitud.



Sin duda, pocas "revoluciones" o "reformas" ha habido de una influencia tan extensa como el derecho de las mujeres al voto. Y sin embargo, este derecho, que hoy muchos dan como "evidente", fue el resultado de un esfuerzo de unas pioneras en circunstancias muy complejas y sólo posibles en un contexto cristiano.

Alguien tenía que tirar del carro, alguien tenía que empezar, en algún momento alguien debía proclamar el derecho al voto femenino. La historiadora Sally G. McMillen lo ha marcado en 1848, en un encuentro de pioneras, que describe en su reciente libro "Seneca Falls and the Origins of the Women's Rights Movement" (Oxford University Press, 2008).

En un encuentro de dos días en la ciudad norteamericana de Seneca Falls, nació el movimiento por el derecho al voto femenino. McMillen señala el papel fundamental de cuatro mujeres: Lucretia Mott, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony y Lucy Stone.

Mujeres activistas: un invento cristiano

Eran mujeres activistas. ¿Mujeres activistas? ¿Desde cuando existían las mujeres activistas? ¿No era la vida pública cosa de hombres y la mujer virtuosa aquella que se queda en casa? No en los cristianísimos Estados Unidos desde la década de 1820.

En los años 20 sucede en EEUU el "segundo gran despertar" o "segundo avivamiento", una oleada espiritual, de reforma religiosa, que dio origen a infinidad de reformas sociales en búsqueda de justicia social y evangélica.


Nacen así, en el transfondo popular protestante, donde no existían las cofradías propias del catolicismo ni la labor educativa monástica, las escuelas dominicales, las sociedades de amigos de los marineros, las sociedades bíblicas, las escuelas para pobres, las organizaciones de misiones para el extranjero, las misiones para evangelizar a los indios (algo que los católicos venían haciendo desde 1492), la edición de tratados y su distribución (en 1833 aparecerá la prensa de masas en Nueva York), las misiones especializadas en tratar con prostitutas... una lluvia de iniciativas sociales.

Y, dos movimientos, los más fuertes, que sacaron a las mujeres de casa y las convirtieron en activistas: la lucha contra el alcohol y la abolición de la esclavitud. Luchando contra el alcohol y contra la esclavitud, dos motivaciones de clara base cristiana, se forjaron las líderes del incipiente movimiento por los "derechos femeninos", que era un movimiento moral y moralista. Luchando contra el alcohol y la esclavitud, las mujeres aprendieron a predicar, a hablar en público, a escribir sobre política, a publicar y distribuir ideas.

El "segundo gran despertar" espiritual y la lucha contra el alcohol y la esclavitud fueron el ambiente que creó a las primeras feministas. Y lo vemos al repasar a las cuatro grandes iniciadoras y al movimiento que nació en Seneca Falls en 1848.

Contra el alcohol y la esclavitud

Lucrecia Mott era una famosa activista anti-esclavitud, cristiana de denominación cuáquera, una rama pacifista del protestantismo que siempre lideró la lucha abolicionista en Estados Unidos.

Elizabeth Cady Stanton, entonces una madre joven y brillante, estaba casada con el político antiesclavista Henry Stanton. Ella escribió la mayor parte de la declaración del encuentro, que empezaba, como homenaje a la Declaración de Independencia de los EEUU con la frase: "sostenemos estas verdades como auto-evidentes; que los hombres y las mujeres fueron creados iguales", con toda su carga de base bíblica.

Susan Anthony era una maestra soltera, que aportó disciplina y orden a un movimiento que nacía apasionado y con poco control. Y Lucy Stone era una conferenciante brillante y hermosa, casada con Henry Blackwell, a quien mantenía a menudo con los ingresos de sus conferencias.

Descubrieron que masas de mujeres se movían contra la esclavitud y contra el alcohol, pero que costaba muchísimo movilizarlas en defensa del voto femenino. Simplemente, las mujeres no veían que fuera algo importante, que cambiase la vida real.

En 1868, tres años después de abolirse la esclavitud, un veterano luchador antiesclavista y defensor del voto femenino como era Thomas Higginson lamentaba la indiferencia de las mujeres por su causa: "Los hombres no pueden asegurar los derechos de las mujeres de forma vicaria, por ellas", decía.

¿Las mujeres o los negros primero?

Al acabar la guerra en 1865 los esclavos eran libres, pero eso no significaba que pudieran votar. Las mujeres activistas se preguntaron si debíoan luchar por el voto de los negros igual que habían luchado por su libertad. ¿Acaso el voto de mujeres y negros no se podía conseguir al mismo tiempo? Wendell Phillips, que era firme defensor del voto femenino, insistía en tratar "los temas, uno a uno; este es el momento de los negros". La mayoría de los y las activistas del voto femenino no estaban de acuerdo.

La muy impulsiva Elizabeth Cady Stanton estaba escandalizada ante la idea que "hacerse a un lado y ver como Sambo entra antes en el reino". Insistía en comparar desventajosamente a los negros, sin formación ni educación, con las cultas y refinadas mujeres.

En Kansas, Susan Anthony y su marido llenaban locales pidiendo el derecho al voto femenino, pero no les importó aliarse con el político demócrata George Francis Train, un racista reconocido que les financió "The Revolution", una importante revista, quizá la publicación madre del feminismo. En ella se criticaba el alcohol, se criticaba el abuso del hombre sobre la mujer, se criticaba el aborto.

Las citas de Susan Anthony y Elizabeth Stanton contra el aborto en "The Revolution", señalado como una maldad que los hombres y la pobreza fuerzan en las mujeres, aún se pueden leer en la web de Feministas por la Vida (www.feministsforlife.org), organización a la que pertenece con orgullo la política republicana Sarah Palin, por ejemplo.

Los excesos de Elizabeth Stanton

Hay que señalar que Stanton era el tipo de persona que no se arrepentía de sus errores tácticos y a menudo respondía con huídas hacia adelante. Por ejemplo, cuando se asoció con Victoria Woodhull, una escandalosa defensora del "amor libre", implicada en turbios asuntos con el millonario Cornelius Vanderbilt.

No era el tipo de amistades que podía animar a las mujeres temerosas de Dios a luchar por su derecho al voto, incluso aquellas que luchaban con denuedo contra el alcohol, la prostitución o la pobreza. Y cuando Stanton escribió su "Biblia de una mujer", muy poco ortodoxa, hasta sus propias asociadas en la National Woman Suffrage Association la desautorizaron.

La otra rama del movimiento de derechos de las mujeres la dirigían Lucy Stone y Henry Blackwell con la American Woman Suffrage Association. Ambas asociaciones rivalizaron, en vez de cooperar, y se desautorizaban mutuamente. Y, para colmo, en todas partes los empresarios ligados al alcohol luchaban para impedir el voto femenino, conscientes de que si las mujeres votasen el negocio del alcohol tendría muchos problemas.

El resultado de esta debilidad fue que hasta 1890 no surgió un nuevo liderazgo feminista que consiguiera el voto femenino generalizado, alcanzado en EEUU en 1920. Para entonces las mujeres ya habían cumplido un siglo como activistas contra la pobreza, por la evangelización, contra el alcohol o la prostitución... un movimiento que nació de las raíces cristianas de Estados Unidos y que no se dio en culturas orientales, islámicas, ni en otras latitudes.


Sin duda, pocas "revoluciones" o "reformas" ha habido de una influencia tan extensa como el derecho de las mujeres al voto. Y sin embargo, este derecho, que hoy muchos dan como "evidente", fue el resultado de un esfuerzo de unas pioneras en circunstancias muy complejas y sólo posibles en un contexto cristiano.

jueves, 25 de septiembre de 2008

El aborto a petición, o la liberación del hombre


La legalización del aborto, que suele presentarse como una liberación de la mujer, inevitablemente lleva a que el hombre quede descargado de su responsabilidad respecto a su hijo concebido. Por eso, el aborto a petición perjudica a la parte más débil, sostiene el Prof. Stith en otro artículo, publicado en distintos sitios de Internet, del que ofrecemos aquí un extracto.

Firmado por Richard Stith
Fecha: 24 Septiembre 2008
(Aceprensa)

La derecha liberal ha sido en los últimos siglos partidaria de la libertad individualista, y esta libertad ha sido eficaz para liberar a la humanidad del feudalismo y de los ciegos tradicionalismos que recortan las posibilidades humanas. La izquierda ha sido fundamental para el desarrollo de la sociedad por otra razón: ha llamado la atención sobre el hecho de que la pura libertad nos lleva a la ley de la selva, la guerra hobbesiana de todos contra todos, y de que hemos de cuidar que los débiles no pierdan su vida a causa de una libertad incontrolada. La izquierda no debe renunciar a esta vocación en los debates sobre el aborto.

En Estados Unidos se levantó una poderosa voz desde la izquierda después de que el aborto a petición se legalizó en 1973 –en la famosa sentencia Roe vs. Wade– como defensa de “la privacidad”. Esa voz fue la de la feminista radical Catherine MacKinnon. En su ensayo “La privacidad contra la igualdad” (en Feminism Unmodified 93-102, 1987) explica que “los partidarios y los contrarios al aborto comparten tácitamente una suposición: que las mujeres controlan de manera significativa el acto sexual. Investigaciones feministas sugieren lo contrario”.

MacKinnon sigue argumentando: “Mientras las mujeres no controlemos el acceso a nuestra sexualidad, el aborto facilita la disponibilidad heterosexual de la mujer. En otras palabras, bajo condiciones de no igualdad de género, la liberación sexual en este sentido no libera a las mujeres; libera la agresión sexual varonil. El acceso al aborto elimina la única excusa que quedaba para que las mujeres rehusaran el sexo, más allá del dolor de cabeza… La Fundación Playboy ha apoyado el derecho a abortar desde el principio”.

Aborto bajo presión

Quizá se pueda pensar que el libre acceso al aborto es liberador de mujeres educadas, poderosas y en la práctica “más iguales” a los varones –porque sus profesiones no son fácilmente compatibles con los hijos y por lo tanto el costo de oportunidad de tener un hijo podría ser alto para ellas–, pero ellas no representan a la mayoría de las mujeres ni en los EE.UU. ni menos aún en los países en desarrollo. No debe sorprender que en las encuestas, las mujeres suelen estar más en contra del aborto que los hombres, salvo en clase alta, donde es al revés. La división más grande sobre el aborto no es entre hombres y mujeres, sino entre las mujeres de estas capas altas que se creen libres, y así ven el aborto como una opción propia y necesaria, y las masas de mujeres que entienden que ese derecho solamente permite que el marido, el padre, el empleador, o el amante pueda más fácilmente quitarles una de la pocas satisfacciones de sus vidas: el amor de un hijo.

Un 64% de las mujeres que abortan en los EE.UU. se sienten presionadas por otras personas (1). Las mujeres estadounidenses casi siempre abortan para satisfacer los deseos de personas que no quieren acoger a su hijo (Frederica Matthews-Green, Real Choices, 1994).

El peligro para la salud de la madre que supone la legalización del aborto es muy controvertido, pero todos parecen estar de acuerdo en que el aborto de una mujer presionada puede terminar en un daño psíquico (véase el nuevo informe sobre el aborto recientemente publicado por la American Psychological Association [2]). El Dr. David Fergusson (que se define como “ateo y pro-choice”), de Nueva Zelanda, ha mostrado la alta incidencia de depresión tras un aborto legal y la necesidad de que las clientes lo sepan y que después reciban la ayuda médica apropiada (3).

En los países del tercer mundo, la situación de la mujer puede ser mucho peor. El aborto libre daña a las mujeres porque aumenta el poder de los amantes, los empleadores –e incluso los “padrotes”–, exceptuando el pequeñísimo porcentaje de mujeres de la clase alta, del cual desgraciadamente en ocasiones proviene la única voz femenina que se escucha en los altos organismos nacionales e internacionales. Proclamar por el mundo entero el derecho al aborto es adoptar como único modelo válido de ser mujer el de las clases sociales acomodadas de los países ricos, o de sus equivalentes en los países en desarrollo.

Para proteger a la parte más débil

En el fondo, el problema no es tan complicado. La izquierda siempre nos ha advertido de este gran peligro de los derechos individualistas: los que toman las decisiones fácticas son los que de verdad poseen los derechos, sin que importe quiénes son jurídicamente sus titulares formales.

Quizá alguien diga que aquí se pinta a las mujeres de los países en desarrollo con colores demasiado oscuros. Las mujeres embarazadas no son niñas. Son adultas y pueden tomar sus propias decisiones; decir lo contrario sería una especie de paternalismo. A esto se puede responder que la derecha liberal replica así a toda crítica al laissez faire. En cambio, la izquierda no ha estado nunca de acuerdo con eliminar todo paternalismo de la ley mientras haya grandes diferencias de poder entre clases y entre hombre y mujer. Es importante que la ley nos prohíba vender nuestro derecho a la integridad personal a un impulsivo sádico y mutilador; o nuestro trabajo a una empresa que prohíbe todo derecho sindical a sus obreros o que paga menos del salario mínimo. Si fueran legales tales actos, se facilitarían.

Es cierto que algunas mujeres pueden resistir presiones y negarse a abortar durante embarazos deseados por ellas. Sin embargo, la legalización del aborto a petición hace que ellas también sufran. Si la mujer aborta, el varón se ve liberado de cualquier responsabilidad como padre, y a la vez conserva a la mujer como objeto sexual. Pero si ella decide lo contrario y da a luz a su hijo, también pierde. Puesto que sólo ella decidió seguir adelante con el embarazo, la responsabilidad de educar al hijo parecería que es sólo de ella. Sobre todo si el padre ha estado a favor del aborto, y si además ha ofrecido pagarlo, pensará que el hijo no es su responsabilidad.

Peor aún si se descubre durante el embarazo que el niño es discapacitado: si ella no aborta, ella será la culpable del costo y de las “molestias” que ese tipo de niños trae consigo para el padre y para el seguro social. Es posible que hasta los médicos y sus conocidos la hagan sentirse culpable por no haber abortado.

Un empleador puede reaccionar de igual manera. Si él (o el Estado) paga los abortos, se va a sentir menos obligado a adecuar sus prácticas laborales a favor de la mujer embarazada o de la mujer que cuida a su hijo. Si a causa de la maternidad tiene problemas con las condiciones de trabajo, o con el horario, la situación se puede considerar como un problema “privado”

El hijo no querido… por otros

El aborto ofrece, en cierto sentido, una liberación de la mujer, pero a la vez, abre la caja de Pandora. A lo largo de la historia humana, los hijos han sido una consecuencia inevitable de las relaciones naturales entre varones y mujeres. Por lo tanto, los dos sexos se sabían igualmente responsables de ellos, y la sociedad no tenía otra posibilidad que ayudar en su formación.

Esto no sucede con el aborto libre. El aborto impide el nacimiento de un hijo. Por eso desvincula el nacimiento de los causantes del embarazo. No importa que la sociedad haya favorecido el matrimonio o el sexo, por ejemplo, o que el marido haya insistido en el acto sexual cuando su esposa no lo quería. Es ella y sólo ella quien decide si el niño entra al mundo. Por primera vez en la historia, el marido, el amante, el seguro social o el empleador puede apuntarlo con el dedo como la persona concreta que permitió la existencia de un ser humano no querido por uno de ellos.

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(1) Vincent M. Rue et al., “Induced abortion and traumatic stress”, Medical Science Monitor 10(10): SR5-16 (2004).

(2) 2008: http://www.apa.org/releases/abortion-report.pdf.

(3) Fergusson, D.M., Boden, J.M., & Horwood, L.J. (2007), “Abortion among young women and subsequent life outcomes”, Perspectives on Sexual and Reproductive Health, 39(1), 6-12; y Fergusson, D.M., Horwood, L.J., & Ridder, E.M. (2006), “Abortion in young women and subsequent mental health”, Journal of Child Psychology and Psychiatry, 47, 16-24. Ver también Aceprensa 6/06.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Noticias de libros: Contra el feminismo


Fuente: El Cultural (edición on line)
Firma el artículo:Bernabé SARABIA

Reseña del libro "Contra el feminismo"
Autora: Edurne Uriarte
Edita: Espasa. Madrid, 2008. 272 páginas, 20 euros.


Este libro analiza y deshace los mitos que el feminismo ha ido construyendo en las últimas décadas, mitos de los que se han servido muchas mujeres y algunas instituciones para medrar de modo injustificado. Era difícil que alguien le pusiera el cascabel al gato, dadas las condiciones históricas que ha soportado, y aún soporta, el género femenino. Edurne Uriarte es Catedrática de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y colaboradora habitual del diario ABC y de Mujer Hoy. Sus publicaciones, sus años de docencia en la Universidad del País Vasco y su activismo político en defensa del Estado de Derecho frente al nacionalismo la han situado, desde hace años, en el punto de mira de ETA.

La preocupación por la condición de la mujer es una constante en la vida académica y en la obra de Edurne Uriarte. En 1997 publicó, junto a Arantxa Elizondo, Mujeres en política y en posteriores publicaciones y conferencias ha ido añadiendo capas de reflexión hasta llegar a Contra el feminismo. En esta entrega ha reunido en ocho capítulos otros tantos grupos de falsas ideas impuestas por el feminismo.

La primera frase de este volumen es para recriminarle a la escritora Lucía Etxebarría unas declaraciones en las que decía: “Si fuera hombre, ya estaría en la Academia”. Edurne Uriarte le recuerda “sus ya abundantes y probados plagios”. Desde ahí desmenuza la discriminación de la mujer y lo que ella denomina “una de las invenciones más exitosas y engañosas del feminismo que es la del techo de cristal” o límite invisible que, por arriba, impide la progresión de las mujeres.

Lo que Edurne Uriarte denomina “las tentaciones de la dependencia” ilumina prototipos femeninos como el de las musas de artistas o directores de cine, las hijas de papá o las esposas de, como Hillary Clinton. El modelo Pretty Woman en que él es el héroe y ella el trofeo engarza su crítica con el de la “bella anoréxica”. Muy delgada y eternamente niña es la regla a la que deben atenerse quienes sigan este modelo.

Mediado Contra el feminismo, el capítulo dedicado a lo que supone la dictadura de la estética en las mujeres actuales se detiene en las tetas como santo y seña de la mujer actual. “Las tetas son rentables en cualquier profesión. También en la política”, escribe Edurne Uriarte a la vez que se escandaliza al contemplar cómo las mujeres desde sus nuevas posiciones de poder podrían insistir más en el cerebro y los méritos y dejar de lado el negocio de las tetas.

Páginas adelante recuerda la autora la escandalosa foto de las ministras de Rodríguez Zapatero para la revista Vogue en plan estrellas del glamour. Boquitas entreabiertas tipo Scarlett Johansson y azafatas complacientes dan ocasión para el agudo análisis de Edurne Uriarte. Los capítulos sexto y séptimo se ocupan de dos temas cruciales, la teoría de que las mujeres son genéticamente pacíficas y que biológicamente son superiores. Ni lo uno ni lo otro. La crueldad de las asesinas de ETA y de sus madres o el carácter ridículo de ciertas teorías biológicas desmienten ambos supuestos. Para cerrar este volumen, Uriarte desmonta el viejo supuesto según el cual el sexo es cosa de hombres y las emociones algo propio de las mujeres. En su opinión, sexo y emoción conforman la naturaleza de ambos géneros. No cabe consuelo para las mujeres engañadas.
Volumen audaz y valiente que ha de contrariar a un buen número de personas que contemplan con ojos acobardados y acríticos el rápido proceso de cambio que está transformado la condición femenina en gran parte del mundo.

miércoles, 9 de julio de 2008

INTERES POR LA EDUCACION DIFERENCIADA


Por qué vuelve a interesar la educación diferenciada
La enseñanza diferenciada parecía una causa perdida ante el avance de la coeducación. Pero está extendiéndose poco a poco desde que en diversos ámbitos –incluido un sector del feminismo– surgió un renovado interés por los distintos estilos de aprender de chicos y chicas. Rosemary Salomone, profesora de St. John’s University, resume el debate de las últimas décadas en un reciente número de la Revista Española de Pedagogía dedicado a “El reto de la educación de mujeres y varones”1.
Firmado por Rosemary Salomone
Fecha: 9 Julio 2008
ACEPRENSA

“La pasada década, el tema de la enseñanza diferenciada por sexos se convirtió en objeto de un acalorado debate en Estados Unidos”. El asunto despierta pasión porque “la enseñanza diferenciada por sexos se enfrenta con el dogma de la educación mixta y rasga el velo de la neutralidad de género”.

A favor y en contra

Los partidarios de la enseñanza diferenciada aducen que con ella se promueve la igualdad educativa para las chicas, porque mejora su rendimiento académico en disciplinas en que ellas tienden a quedarse atrás (matemáticas, ciencia, tecnología) y favorece una mayor participación femenina en profesiones tradicionalmente copadas por el hombre.

Algunos creen que la coeducación refuerza los estereotipos sexuales. Otros sostienen que la enseñanza mixta no tiene en cuenta en la medida necesaria los distintos estilos de aprender y las distintas necesidades emocionales de cada sexo, ni el distinto ritmo con que chicos y chicas desarrollan sus aptitudes.



En Estados Unidos interesa la educación diferenciada también para atacar problemas específicos de alumnos de minorías raciales. Se pretende así fomentar la autoestima de las chicas, que presentan elevadas tasas de embarazos precoces. En el caso de los chicos, en especial negros, se quiere ofrecerles un modelo distinto de masculinidad, para contrarrestar el influjo de las bandas callejeras y apartarlos de la delincuencia y de las drogas.

En efecto, “a principios de los noventa, algunos distritos escolares –entre ellos Detroit y Nueva York– intentaron luchar contra estos problemas abriendo centros educativos masculinos, algunos de los cuales fueron dotados de un plan de estudios enfocado específicamente hacia los varones afroamericanos. (…) Más recientemente, ciudades como Nueva York y Chicago han abierto centros femeninos de enseñanza secundaria que buscan reducir la diferencia de resultados con los chicos en matemáticas, ciencias y tecnología”.

Por su parte, los contrarios a la educación diferenciada sostienen que sirve a “una política sexista más o menos suave que niega a los hombres y a las mujeres las aptitudes interpersonales que necesitan para relacionarse los unos con los otros”, y “no fomenta el entendimiento y el respeto mutuo que pone a las mujeres en igualdad de condiciones con los hombres”.

En el mejor de los casos, ven en la enseñanza diferenciada un parche político para disimular las más insidiosas desigualdades sexuales en la escuela. En el peor, creen que perpetúa el prejuicio de que las chicas necesitan un trato diferente porque no pueden rendir como los chicos.

Igualdad formal o sustancial

Para aclarar la polémica, habría que intentar responder a cuestiones de fondo relacionadas con la igualdad y las diferencias. “¿Son diferentes las chicas y los chicos en algunos aspectos o factores relevantes de modo que requieran distintas maneras de enfocar su educación? (…) ¿Están esas diferencias entre los sexos determinadas biológicamente, y por tanto son inevitables, o se constituyen culturalmente, y por tanto se pueden cambiar? ¿El hecho mismo de sugerir la posibilidad de diferencias innatas equivale a insinuar una deficiencia en uno u otro sexo?” También hay que plantearse para qué edades o materias sería adecuada la educación diferenciada, y si esas edades y materias son las mismas o distintas para los chicos y para las chicas.

Aunque no hay acuerdo sobre esas cuestiones, partidarios y contrarios de la educación diferenciada coinciden en mantener el ideal de la igualdad, solo que la entienden de distintas formas. Los que se oponen “buscan la igualdad formal o igualdad de trato, y sostienen que los programas solo para niños o solo para niñas violan el principio de que a las personas en una situación similar se les debe tratar de manera similar”.

Piensan que hombres y mujeres tienen igual capacidad cognitiva, de modo que no hay entre ellos y ellas diferencias relevantes para la educación. “Gran parte de esta forma de pensar mana del feminismo de los setenta”, que combatía los estereotipos que adjudicaban a los sexos ámbitos separados: el privado, del hogar y la vida familiar, a las mujeres; el ámbito público, del trabajo, la política y la vida intelectual, a los hombres.

“Las feministas de esa época creían firmemente que para extirpar esa mitología tenían que centrarse en lo que los hombres y las mujeres tienen en común. (…) Para ellas, las chicas y los chicos eran esencialmente idénticos en cualquier aspecto que pudiera influir en el rendimiento académico. (…) En la enseñanza, lucharon para que las escuelas fuesen neutrales en cuanto al género (…) en su material didáctico, criterios de admisión, objetivos, ambiente y plan de estudios”.

“Desde la perspectiva contraria, se insiste en que el asunto no está en la igualdad formal, sino en la sustancial”: lo importante es corregir las desigualdades. Y, según dicen, “la separación por sexos es necesaria, al menos en ciertas circunstancias, para promover la igualdad de oportunidades”. Sostienen que procurar la igualdad formal para las chicas sin atender a sus peculiaridades, supone definir a los chicos como norma para ellas, pero en realidad entre chicos y chicas hay diferencias relevantes para la enseñanza, de origen tanto natural como social.

Como en el caso de los programas de apoyo a los estudiantes desfavorecidos, “distintos recursos, como materiales didácticos, métodos, planes de estudio, etc., producirán resultados sustancialmente iguales en términos de logros académicos y presencia profesional en ciertas áreas como las matemáticas, la física y la tecnología, tradicionalmente dominadas por los varones”.


Feministas partidarias de la diferenciada

Parte de la inspiración de la educación diferenciada proviene de estudiosas y escritoras feministas que, desde finales de los setenta, empezaron a ver las diferencias de sexo con una perspectiva nueva. “La obra definitiva que activó el debate sobre la homogeneidad y la diferencia e hizo que el público internacional conociera el tema fue In a Different Voice (1982), de Carol Gilligan, que se tradujo a nueve idiomas”. Muchas mujeres se reconocieron en este libro, que sostiene dos tesis principales: que las mujeres en conjunto difieren de los hombres en su orientación existencial básica y que muchas teorías psicológicas comúnmente admitidas infravaloraban y despreciaban la orientación femenina.

Según Gilligan, “las mujeres (…) se orientan hacia el compromiso, el contacto con otras personas y el cuidado, por lo que se inclinan por las relaciones humanas”. En cambio, “los hombres (…) se orientan hacia la separación y el pensamiento abstracto, lo que les predispone a los logros personales y una concepción instrumental de las relaciones”.

Las ideas de Gilligan fueron muy discutidas entre las feministas. Algunas veían implícitos en ellas viejos estereotipos de género; otras pensaron que liberaban a las mujeres del patrón masculino y permitía valorar sus cualidades propias.

Esa obra abrió el camino a posteriores estudios de la autora sobre chicas adolescentes, que influyeron decisivamente en las políticas y prácticas educativas. Gilligan subrayó que la adolescencia es una etapa crucial del desarrollo femenino, en que ellas se muestran más propensas a problemas psicológicos, responden más negativamente a las tensiones propias de la edad y tienden a valorarse peor.

Estos trabajos dieron apoyo a la idea de que cada sexo tiene su forma de percibir la realidad y su propio itinerario de desarrollo, y proporcionaron un marco teórico para interpretar las diferencias halladas en los estudios empíricos. En particular, los investigadores empezaron a descubrir que la escuela mixta no lograba que las chicas alcanzaran a los varones en matemáticas y ciencias.

La desventaja cambia de sexo

“Gobiernos y centros educativos de todo el mundo respondieron con una proliferación de programas pensados para aumentar el rendimiento académico de las alumnas, especialmente en matemáticas y ciencias. Parecía que ellas eran las víctimas y quizá los chicos eran, en parte, quienes las convertían en víctimas. Este fue el tema recurrente en la investigación de la igualdad de género durante los primeros años de la década de los noventa, y a medida que se convirtió en el criterio convencional, los educadores y padres empezaron a pensar en las escuelas y clases de educación diferenciada como la solución”. Este enfoque se promovió ampliamente en algunos países, como Australia.

“A principios de los noventa estaba claro que las chicas habían empezado a reducir las diferencias de rendimiento con los chicos”. Seguían presentando cierta desventaja en los estudios superiores de matemáticas y ciencias, pero en la secundaria y en la universidad había más alumnas que cursaban esas materias, y ellas sacaban mejores notas y se graduaban en mayor proporción que los varones.

Entonces “la opinión pública empezó a cambiar. Surgió un nuevo género de literatura popular centrada en que la enseñanza estaba fallando a los chicos (…) Se nos decía que eran los chicos quienes estaban fracasando académica y socialmente; la estructura y disciplina de la mayoría de los centros no diferenciados, y en particular de las escuelas primarias, tendían a favorecer a las niñas, y los profesores eran más sensibles a la voz de ellas. (…) Los chicos tenían más problemas de aprendizaje, suspendían más, presentaban mayor tasa de expulsiones y accedían a los estudios superiores en menor proporción”.


Lo natural y lo cultural

“Esto llevó el debate sobre la homogeneidad y la diferencia a una nueva dimensión. (…) Se produjo una reacción contra el supuesto victimismo de las chicas”. Volvió a aparecer la idea implícita de que chicos y chicas funcionan de distinta forma en la enseñanza. La inevitable y controvertida pregunta es “¿por qué?”

Unos contestan que entre los sexos hay diferencias innatas que explican en parte la diversidad de rendimiento académico. Por ejemplo, algunos sostienen que los chicos poseen, por término medio, mejor visión espacial, lo que les da ventaja en geometría; mientras que las chicas les superan en aptitudes verbales, y de ahí sus mejores resultados en lengua y literatura.

Otros no admiten esas generalizaciones, porque –dicen– las diferencias medias entre los sexos son pequeñas en comparación con las que existen entre los individuos de un mismo sexo.

Recientemente, las investigaciones neurológicas indican que la estructura del cerebro masculino y la del femenino difieren ligeramente, sin que eso sea un determinante que no pueda cambiarse por las influencias del entorno o a la ejercitación de las facultades.

En la duda, por la libertad

Salomone señala que es muy difícil distinguir lo que, en las diferencias entre los sexos que no se pueden atribuir a discriminaciones (cfr. Aceprensa 70/08), es de origen biológico, psicológico, social o cultural. Por eso considera más prometedor observar las diferencias entre chicos y chicas a medida que se desarrollan, para ajustar los métodos y recursos pedagógicos a las necesidades detectadas.

Entonces: “¿Es la separación en algún momento de la vida escolar la solución definitiva a las diferencias en el rendimiento académico y en la elección de profesión? No, pero podría ser uno de los mecanismos para dar a algunos chicos y chicas igualdad de oportunidades en el sentido de una educación ‘adecuada’. Si los chicos tienen más energía y no pueden mantener la atención durante mucho tiempo, y encima desarrollan su capacidad verbal a un ritmo más lento, no es razonable esperar que progresen en la escuela primaria a la misma velocidad que las niñas. Tampoco es pedagógicamente aceptable retardar el aprendizaje de las alumnas mientras se espera a que los niños de pongan al día. Al mismo tiempo, las niñas parecen quedarse atrás en el desarrollo de sus aptitudes para las matemáticas y la informática (...).

”Si estas diferencias son resultado de la biología, o una ansiedad causada por factores sociales, o porque las chicas son más lentas en los cálculos (...) todavía no se sabe con certeza. Sin embargo, la experiencia muestra que cuando se les pide que elijan, muchas chicas preferirían clases de matemáticas sólo para ellas durante la última etapa de la primaria y a lo largo de la secundaria”. Como abundan las cuestiones no resueltas, hay que seguir investigando para poder comparar los resultados de la enseñanza diferenciada y los de la mixta.

Mientras tanto, advierte Salomone, el peligro es que las posturas políticas e ideológicas implicadas frenen la experimentación con “enfoques alternativos” que afronten las diferencias sexuales observadas en maduración y estilo de aprendizaje entre chicos y chicas.

“Con esto no quiero decir que todos los chicos y chicas sean esencialmente iguales, sin ninguna diferencia dentro de cada sexo, ni tampoco que la enseñanza diferenciada sería beneficiosa para todos. Simplemente pienso que algunos saldrían beneficiados con los programas de educación diferenciada, bien en centros específicos, bien en clases diferenciadas dentro de una escuela mixta. Y para esos estudiantes, debería ofrecerse la enseñanza diferenciada como una opción válida y no limitada a las familias privilegiadas que pueden permitirse acudir a centros no sostenidos con fondos públicos”.

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NOTAS


(1) Rosemary Salomone, “Igualdad y diferencia. La cuestión de la equidad de género en la educación”, Revista Española de Pedagogía, año LXV, n. 238, septiembre-diciembre 2007, pp. 433-446.

jueves, 8 de mayo de 2008

El nuevo sexo discriminado



Barbara Kay es una conocida comentarista del National Post, uno de los principales diarios de Canadá. En una reciente conferencia en la McGill University, resumida aquí, subrayó la necesidad de superar el viejo feminismo de la confrontación con los hombres (1).
Fuente: Mercatornet.com
Fecha: 7 Mayo 2008


Kay comenzó contando algunas experiencias vitales que enmarcan sus ideas. En primer lugar, habló de su padre, hombre carismático y emprendedor que, tras haber sufrido extrema penuria en su juventud, estaba obsesionado con dar seguridad económica a su mujer y a sus tres hijas. Su vida de trabajo extenuante le llevó a una muerte prematura. Kay dice que su padre fue un héroe para ella, y que en su vida ha conocido otros hombres magníficos, entre los que cuenta a su marido, con el que lleva casada 42 años, a su hijo y a su yerno.

Así, dice, “estoy bien dispuesta hacia los hombres, a no ser que vea buenas razones en contra”. Su experiencia le ha permitido comprobar que “los hombres normales, psicológicamente sanos, educados en una sociedad respetuosa de las mujeres, como la canadiense, en su relación con las mujeres se rigen por el instinto de protegerlas, no de hacerles daño”.

El segundo elemento biográfico que menciona Kay es su condición de judía. “Crecí en una época de creciente aceptación de los judíos como iguales en la sociedad, consecuencia directa del movimiento mundial de compasión hacia los judíos tras el Holocausto”. La historia del pueblo judío inspiró a Kay una “desconfianza instintiva hacia cualquier grupo –ya sea una raza, una etnia, una religión o un sexo– que recurre a planteamientos maniqueos y usa a una colectividad entera de chivo emisario para explicar los fracasos de sus propios miembros”.

En las últimas décadas, Kay ha observado un cambio. Antes el ambiente era favorable a la diversidad intelectual y empezaba a serlo también a las mujeres. La época actual, dice, se ha vuelto desfavorable a la diversidad intelectual y no muy favorable a los hombres no homosexuales, pero extraordinariamente favorable a las mujeres. De todos esos nuevos fenómenos escribe en el National Post desde el año 2000.

Libertinaje

Al principio se ocupó a menudo de la “moda de la chica mala”. Escribió, por ejemplo, un artículo sobre la aparición de niñas vestidas de manera provocativa, como si fueran show girls de Las Vegas, con el consentimiento y aun el estímulo de sus madres; más tarde, publicó otro sobre mujeres educadas en universidades de elite que ponían en marcha revistas pornográficas; también unos cuantos sobre la degradante promiscuidad sexual. En esos artículos sostenía que “lo que para las mujeres comenzó como liberación sexual había degenerado en un libertinaje sexual irresponsable y adormecedor de la intimidad, que constituía una tendencia insana para las mujeres y para la sociedad”.

Para Kay, este fenómeno tuvo su icono cinematográfico en El diario de Bridget Jones, que supuestamente era una puesta al día de Orgullo y prejuicio. Pero mientras en la novela de Jane Austen “Elizabeth Bennet, gracias a su marcada personalidad, su integridad y su inteligencia, cautiva el corazón del estirado y cortés Mr. Darcy”, Bridget Jones es “una zángana impulsiva, fumadora empedernida, que no da muestra de inteligencia ni de comprensión de la naturaleza humana, totalmente volcada al sexo y disponible para cualquier hombre de buena apariencia que se cruza en su camino”.

Curiosamente, anota Kay, el Mark Darcy de la película es una fiel recreación del Mr. Fitzwilliam Darcy de Austen: un hombre inteligente, refinado, de buen gusto, discreto y templado. Por eso la película es inverosímil, pues en la vida real un hombre así no tomaría en serio a una joven como Bridget. De modo que la película, comenta Kay, “ilustra una extraña diferencia de géneros en materia de modelos morales, pues el caballero sigue siendo un caballero, pero la dama se ha convertido en una golfa”.

Feminismo y demografía

Después Kay se interesó para sus artículos en “las dramáticas consecuencias demográficas del feminismo”. “Las feministas promovieron la igualdad con los hombres en materia de carrera profesional y fomentaron la experimentación sexual, en vez de alentar a comprometerse joven y ser fiel; a consecuencia de todo eso, las mujeres tienen menos hijos y más tarde, y muchas no tienen ninguno”.

Ahora no pocas mujeres descubren que les gustaría tener hijos, pero se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde. “Ni las clases de Estudios sobre la Mujer ni las comentaristas feministas les avisaron que la fertilidad alcanza su máximo en torno a los 25 años, ni que los embarazos a edad tardía entrañan más riesgo, ni que los abortos provocados aumentan la probabilidad de partos prematuros en embarazos posteriores”.

“El aborto es ahora tan común aquí que se ha convertido en el último recurso para el control de la natalidad. En los últimos diez años, la tasa de abortos en Quebec casi se ha multiplicado por dos: el 16% de los embarazos en 1998, el 30% hoy. No hace falta ser un cristiano fervoroso para considerar preocupante ese dato”.

De la misoginia a la misandria

Kay también se ha interesado por las consecuencias del feminismo en los hombres. Una de ellas es la extensión de la misandria o aversión a los hombres (la actitud inversa a la misoginia; la misantropía, como aclara la propia Kay, es la aversión al trato humano), que “hoy está arraigada en nuestro discurso público, en nuestro sistema educativo y en los servicios sociales”. Sin embargo, “la misandria no es detectada por la mayor parte de nosotros, porque nos hemos amoldado a aceptar teorías que no tienen nada que ver con la realidad, así como al lenguaje que acompaña a esa tendencia”.

Podemos ver un ejemplo de la misandria dominante, dice Kay, en el favoritismo hacia la mujer que se ha asentado en el derecho de familia. “La misandria en el derecho de familia es fruto de una ideología que considera a los niños como propiedad de las mujeres, pese a que muchos estudios muestran que los niños quieren y necesitan a sus dos progenitores, y ni uno solo permite concluir que sea beneficioso para el niño estar a cargo de la madre sola”.

Pero hoy, en las causas matrimoniales, cuando no hay acuerdo sobre la custodia de los hijos, en el 90% de los casos los jueces la conceden exclusivamente a la mujer, por mediocre madre que sea ella y por buen padre que sea él, y aunque el resultado sea que los niños pasen el día entero al cuidado de canguros o en la guardería. También, dice Kay, ella puede acusarlo falsamente de conducta violenta para que le prohíban acercarse a sus hijos, pues “sin necesidad de pruebas, cualquier denuncia o aun simple expresión de temor de malos tratos por parte de una mujer provocará la actuación inmediata de la policía y de los tribunales, sin que el hombre pueda defenderse”. O si ella impide al padre ejercer el derecho de visita, nunca será castigada.

A la inversa, si él deja de pasar la pensión, aunque se haya quedado sin trabajo y no tenga más recursos para pagar, será condenado, y si va a la cárcel, como muy bien puede suceder, cumplirá una condena más larga que un traficante de cocaína.

“Y sin embargo, todos los estudios sociológicos dignos de crédito que se conocen muestran sin lugar a dudas que si existe un indicador seguro de éxito en la vida adulta, es la presencia del padre desde que el niño o la niña tiene edad bastante para salir a la calle. Si existe un indicador seguro de fracaso (abandono de los estudios, drogas, promiscuidad, delincuencia), no es la pobreza: es la ausencia del padre en la última fase de la infancia y en la adolescencia”.

Kay concluye recordando una frase de Oscar Wilde: “Hace cien años, el amor homosexual era el amor que no se atrevía a decir su nombre. Hoy el amor homosexual ruge, y es la virilidad la que susurra en las sombras. (…) No necesitamos silenciar las voces de los hombres para que se oigan las de las mujeres. Necesitamos más conversación y menos monólogo. (…) El humanismo lleva al respeto y a la confianza entre los sexos. Y la colaboración entre los sexos lleva al ‘dorado árbol de la vida’ [Goethe] que todos debemos esforzarnos por alcanzar: una sociedad sana”.

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(1) La versión original íntegra está disponible en MercatorNet (www.mercatornet.com).

sábado, 22 de marzo de 2008

Orgullo de maternidad


Orgullo de maternidad: mujeres que la reivindican
Artículo de Jorge Enrique Mújica, publicado en Forumlibertas el 5 de marzo)

"El feminismo debe repensar la maternidad", decía la veterana activista Ivonne Kniebiehler. Y no es la única revisando el tema.


El hombre y la mujer no son, no eran, ni serán nunca iguales (que no significa que no tengan igualdad de derechos y responsabilidades). La impronta física del nacimiento, reflejo externo de lo más hondo que existe en cada hombre y mujer, su alma, nos lo hace evidente; el ser humano es un ser sexuado sólo en dos modos posibles, hombre o mujer.

El afán por sembrar la confusión ha llegado hasta la negación del primer valor, del más excelso don de la feminidad, de su ser mujer: la maternidad.

Hoy en día las políticas familiares de muchos países la han desprotegido; buena parte de la opinión pública joven femenina la ha venido minusvalorando y tomando como muro de contención que imposibilita el ulterior desarrollo profesional. No se promueve en foros mundiales, vende poco en televisión, el cine la ha olvidado como argumento central, no se anuncia en centros comerciales ni es portada de diarios y revistas… Se ha tomado como un anti-valor, como una decisión poco moderna, como una condena.

Y sin embargo, poco a poco, parece encenderse otra vez la luz de la esperanza que no hace sino recordar que la mujer también tiene el derecho, el más noble, a que no se desvirtúe ni se “ideologice” la maternidad. Son pequeñas sacudidas “sísmicas” de voces femeninas con resonancia pública que quieren reivindicar el orgullo de serlo.

Ahí está la octogenaria Ivonne Knibiehler, historiadora francesa y conocida figura del feminismo, quien en entrevista al diario Le Monde declaró que “La maternidad seguirá siendo una cuestión capital de la identidad femenina”. “El feminismo debe en primer lugar repensar la maternidad; todo lo demás será por añadidura”, ha precisado.

O ahí está también la ex periodista premio Pulitzer y ahora escritora asistente para la universidad de Stanford, Catherine Ellison, quien aventurada en la barca de la maternidad ha escrito “La inteligencia maternal”, un libro donde asegura que la maternidad hace a la mujer más capaz.

Otra mujer, Elise Claeson, periodista sueca de unos de los principales periódicos nórdicos, el Svenska Dagbladet, ha alzado la voz en una de sus columnas al escribir: “Oídnos, queremos ser madres”.

Eva Herman, durante 18 años reconocida presentadora del informativo más visto en la televisión alemana, ha salido de lo políticamente correcto al escribir para la revista Cicero que abandonar el hogar no es un imperativo categórico.

A la par que en Alemania salía su libro “El principio de Eva”, en Suiza aparecía “Ama de casa, el mejor trabajo del mundo”, de Marianne Siegenthaler, con buena acogida por parte de las “managers domésticas”.




Perspectivas de mujeres como las mencionadas reivindican el papel de la maternidad en la sociedad; hacen recordar que el verdadero feminismo aboga por una revalorización de la dignidad, del papel y de la vocación de la mujer.

Es cierto que la maternidad es también una vocación que implica deberes, pero son esos deberes precisamente los que la hacen más noble, más loable, más ella. Y es que sólo una mujer puede ser madre. Sólo ella es capaz de dar lo que únicamente dan las “mamás”: su maternidad.

La mujer tiene el derecho a no ser influenciada por quienes hacen ver el tesoro de la maternidad como una carga, una condena, una actitud poco moderna. Tal vez aquellos que así piensan o que a esto encaminan, jamás han sentido el beso único y maravilloso de un hijo que es capaz de pronunciar por vez primera y con la ternura propia de los niños, la palabra “mamá”.

miércoles, 5 de marzo de 2008

La ideología de género se introduce en la legislación española



La ideología de género se ha introducido fuertemente en el ordenamiento jurídico español en los últimos cuatro años, más que en otros países occidentales. Es la tesis de María Lacalle Noriega, profesora de Derecho Civil de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid), expuesta durante la Jornada sobre Ideología de Género organizada el pasado 16 de febrero por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. La agencia Zenit resume su intervención.

Fecha: 3 Marzo 2008

Leyes como la del “matrimonio homosexual”, la ley contra la violencia de género, e incluso regulaciones que han tenido menos repercusión como la del “cambio de sexo” en el Registro Civil, suponen una implantación formal de esta ideología en España, que previsiblemente se reforzaría con una introducción de los “derechos reproductivos” si se modificara la ley del aborto.

Según esta investigadora, la ideología de género ha logrado imponerse en España en tres ámbitos legislativos clave: la identidad personal, la familia y la educación.

La ideología del género “parte del convencimiento de que la mujer ha sido explotada por el hombre a lo largo de la historia mediante la imposición de roles y estereotipos sociales totalmente injustos y arbitrarios que la han mantenido apartada de la vida pública, privada de derechos y recluida en el ámbito familiar”, afirma.

La “deconstrucción” de la identidad personal

Según María Lacalle, la ideología de género “pretende instaurar una sociedad en la que todos los individuos sean iguales, una sociedad sin diferencias entre los sexos en la que cada uno, independientemente de las características biológicas con las que nazca, escoja su propia identidad de género y su propia orientación sexual”.

La investigadora cree que esta ideología está detrás de varias de las leyes aprobadas en los últimos años, como la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, en el apartado en el que regula el cambio de sexo en el Registro Civil cuando “no se corresponda con su identidad de género”.

“Esta ley banaliza de una manera alarmante la cuestión de la identidad sexual. En primer lugar, no requiere un estudio psiquiátrico en profundidad, sino que permite que se cambie la inscripción registral con un simple informe psicológico; no exige cirugía de reasignación sexual, y tampoco establece como estrictamente obligatorio el haber seguido un tratamiento médico para acomodar las características físicas a las correspondientes al sexo reclamado”.

Para Lacalle, esta ley muestra “una concepción del ser humano según la cual la identidad sexual es una variable subjetiva de cada persona. Es como si cada uno pudiera ‘inventarse’ a sí mismo: la naturaleza no cuenta, cada uno hace lo que quiere porque la libertad se concibe como una fuerza omnipotente y autocreadora. El deseo de cada uno se convierte en motivo suficiente para pretender alterar la realidad”.

El tabú de la maternidad

La maternidad, como realidad fisiológica exclusiva de la mujer, es una de las cuestiones más atacadas por las feministas de género: los nuevos derechos reproductivos y sexuales “tienen por objeto que la mujer controle por completo la fertilidad, y que tienen como núcleo central el acceso al aborto sin restricciones de ningún tipo, como algo imprescindible para que la mujer pueda ser auténticamente libre”, afirman.

Como detalle que expresa esta concepción, María Lacalle explica que los términos “maternidad” y “procreación” están siendo sustituidos en los textos internacionales por “trabajo reproductivo”. “Este término fue acuñado por Carolyn Hannan, que fue directora de la División para el Avance de la Mujer de la ONU, y desde entonces se utiliza profusamente. Es un término que indica claramente la concepción que tienen de la maternidad. La consideran como una maldición, una carga pesada que la sociedad ha impuesto a la mujer para someterla y recluirla en el ámbito privado, para que no pueda prosperar profesionalmente. Todo lo que sirva para liberar a la mujer de este trabajo reproductivo debe ser promocionado social y jurídicamente”, añade.

Esta concepción explica el renovado interés por la modificación de la ley del aborto, reclamada desde las organizaciones feministas cercanas al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero de manera especial en los últimos meses.

La “guerra de los géneros”

Otra de las leyes en las que el feminismo radical ha logrado imponerse es la Ley Orgánica 1/2004, de medidas de protección integral contra la violencia de género. En ella, la relación entre el hombre y la mujer se define como “necesariamente conflictiva”. De hecho, en el preámbulo se afirma que “la violencia se dirige contra las mujeres por el hecho de ser mujeres y que es consecuencia de la desigualdad histórica de la mujer en la sociedad”.

“La concepción de las relaciones entre el hombre y la mujer en términos de lucha, de rivalidad, de antagonismo, provoca un desquiciamiento de la propia identidad tanto de la mujer como del hombre”, afirma Lacalle. Además, esta ideologización no lleva realmente a la solución del problema, pues no se tienen en cuenta otras causas directamente relacionadas con el aumento de la violencia, como la drogadicción o las rupturas familiares.

Para la investigadora, se están manipulando los datos: “desde los años noventa han ido aumentando las muertes de mujeres a manos de sus parejas y ex parejas, pero también las muertes de hombres a manos de sus parejas y ex parejas, los suicidios de unos y otros, la muerte de niños, la violencia de los adolescentes contra sus padres y las agresiones a las personas de mayor edad dentro del ámbito doméstico. Por no mencionar la violencia en parejas de lesbianas, que es mucho más elevada que la que se produce en parejas heterosexuales. Pero todos estos datos no se difunden a través de los medios de comunicación, y si no se difunden, no existen”.

¿El fin de la familia?

Según Lacalle, uno de los objetivos del feminismo de género es acabar con la familia, a la que considera “la principal fuente de opresión de la mujer”: “Estamos asistiendo a una transformación radical del Derecho de Familia, que ya no la protege, sino que la crea, la inventa. Es la ley, sin ninguna consideración a la realidad natural, la que decide qué es el matrimonio, qué es la familia y qué es la paternidad”.

Esta ideología subyace en las leyes 13/2005 (por la que se modifica el Código civil en materia de derecho a contraer matrimonio para dar cabida a las uniones homosexuales), 15/2005 (por la que se regula el divorcio unilateral y sin causa), y 14/2006 (sobre técnicas de reproducción humana asistida), así como en la supresión del apartado 3 del artículo 154 del Código Civil, que reconocía la facultad de los padres de corregir moderada y razonablemente a los hijos, y la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía.

Para la profesora Lacalle, las últimas reformas de Derecho de Familia “han suprimido el matrimonio. El matrimonio, en cuanto unión de un hombre y una mujer abierta a la vida y con vocación de permanencia, ya no existe en nuestro ordenamiento jurídico”. Con la ley 13/2005, “se contempla el matrimonio como un invento social que va cambiando y adaptándose a las circunstancias históricas”.

“Parece claro que el inusitado interés en aprobar esta ley no se debía simplemente al deseo de dar entrada al pequeño número de homosexuales que quiere contraer matrimonio –desde la entrada en vigor de la ley hace dos años y medio, unos 4.500– sino de obtener el reconocimiento social para la homosexualidad y redefinir radicalmente el matrimonio, privándole de sus elementos esenciales”, añade.

Por otro lado, la ley del “divorcio exprés” “encaja perfectamente en la ideología de género, pues si cada uno se construye y se inventa a sí mismo, y puede construir su relación como quiera, también se le debe reconocer la capacidad de destruirla a capricho”.

“El concepto de matrimonio que se maneja en esta ley se basa en el mero afecto, prescindiendo de cualquier función social, y se pone todo el énfasis en la satisfacción emocional, psicológica y sexual que proporciona a sus participantes. La ley se fija en el deseo y en la libertad individual. Si uno de los cónyuges desea romper su matrimonio, su deseo ha de hacerse realidad sin más consideraciones. No hay que tener en cuenta al otro cónyuge, ni tampoco hay que pensar en el daño, a veces irreparable, que se produce en los hijos. Sólo el deseo es importante”, añade.

Padres sin hijos, hijos sin padre

Otra de las claves del desarrollo legislativo en cuanto a identidad personal se refiere, es la Ley 14/2006 sobre técnicas de reproducción humana asistida, en la cual se redefine la paternidad y la maternidad como un “derecho” que la sociedad debe satisfacer.

Lacalle explica que la ley reconoce el derecho de acudir a estas técnicas a toda mujer mayor de edad independientemente de su estado civil y orientación sexual. Si es una mujer casada con un hombre, la ley “presume” que el padre es el marido de la mujer; si es una mujer casada con otra mujer, la ley las considera a ambas “progenitoras”; y si es una mujer sola, el niño legalmente no tiene padre, porque según la ley el donante no es un padre sino “el lugar” donde se ha producido el material genético. “No es que su padre no lo quiera reconocer: es que, legalmente, no tiene padre, y no se le permite buscarlo, ni conocerlo, ni relacionarse con él en manera alguna”. Por la misma razón, al ser la paternidad y la maternidad un rol social y nada más, se defiende la adopción por parte de homosexuales.

Además, la legislación se entromete también en el derecho de los padres a educar a sus hijos. Para Lacalle, “es una intromisión bastante sorprendente, teniendo en cuenta las circunstancias, pues parece que el panorama generalizado no es precisamente de autoritarismo de los padres hacia los hijos, sino todo lo contrario. La mayor parte de los padres han tirado la toalla, han abdicado de su autoridad y consienten todo a sus hijos. Y sin embargo, parece que existe un interés en minimizar la autoridad de los padres, en lugar de en reforzarla”.

Lacalle recuerda que en la Ley Orgánica de Educación “no se menciona para nada la autoridad de los padres. Esto ya fue denunciado por el Consejo de Estado en su informe, que recomendó al Gobierno que incluyera algún párrafo que hiciera hincapié en la autoridad de padres y profesores, pero el Gobierno hizo caso omiso”.

Por otro lado, el rebajamiento de la edad de consentimiento para mantener relaciones sexuales ha provocado que muchos padres no sepan nada –ni tengan derecho a ello– de la vida de sus hijos. “Según la legislación vigente, a los trece años se puede consentir en mantener relaciones sexuales, sea con personas del mismo o de distinto sexo, incluso con un adulto. Las propias administraciones fomentan la precocidad de los adolescentes en materia sexual, como queda demostrado en los folletos de sexo infantil que se reparten en los centros escolares de algunas comunidades autónomas”.

Por otro lado, la Ley Orgánica de Educación 2/2006 “está impregnada de ideología de género, lo cual queda claro desde el mismo Preámbulo, donde se dice que son fines de la educación, entre otros, el desarrollo de las capacidades afectivas del alumnado, el reconocimiento de la diversidad afectivo-sexual, así como la valoración crítica de las desigualdades, que permita superar los comportamientos sexistas”.

“En la asignatura Educación para la Ciudadanía esta ideología está presente en todas las etapas, especialmente en la Educación Secundaria Obligatoria. Se rechaza cualquier diferenciación entre varón y mujer, llegando a identificar diferencia con discriminación; se insiste machaconamente en la diversidad afectivo-emocional, en la posibilidad de elegir la propia identidad y orientación sexual”, añade.

María Lacalle afirma que el ataque a la familia “es una constante de todas las ideologías totalitarias que han pretendido un control de la persona. En todo este proceso de ingeniería social o deconstrucción de la sociedad, la familia es un obstáculo. Minar la autoridad de los padres es necesario para manipular libremente a los niños y configurar sus conciencias y su visión del mundo y de las cosas”.

viernes, 8 de febrero de 2008

Dos mujeres yemeníes hablan de su país.


Foto superior la escritora Zubair. Foto inferior la artista Nasiri.

SITUACIÓN DE LA MUJER EN YEMEN
"Hace 18 años iba a la universidad sin pañuelo. Ahora no puedo salir a la calle sin él"
La artista Nasiri y la escritora Zubair denuncian el retroceso de los derechos en su país
Actualizado jueves 07/02/2008 14:26 (CET)

JOSE M. BUSTAMANTE. (EL MUNDO DIGITAL)
Insertada en el sur de la península arábiga, fronteriza con la poderosa Arabia Saudí, la sociedad de Yemen es una de las más apegadas a la tradición en el mundo árabe. Este hecho afecta directamente a la situación de la mujer. Para esbozar un acercamiento a esa realidad, YO DONA ha entrevistado a dos de las voces femeninas más autorizadas del país.
Amna al Nasiri es una de las artistas más prestigiosas de Yemen, profesora de Filosofía en la Universidad de Saná y directora de la revista Tashkil (Plástica). La periodista y novelista Nabila al Zubair es una conocida activista a favor de los derechos de la mujer. Su novela 'Inho Jessadi' (Es mi cuerpo) ganó el Premio Naguib Mahfuz, convocado por el Gobierno de Egipto. Ambas han visitado España con motivo de unas jornadas sobre Yemen organizadas por Casa Árabe.
Nasiri y Zubair pasan revista a la cuota recién instaurada para reservar un 15% de los puestos públicos a la mujer, a la imposibilidad de salir a la calle sin hiyab (pañuelo)... Luces y sombras en un país donde la mujer sufre un constante retroceso en sus derechos ante el avance de los islamistas.
YO DONA. ¿Cuál es la situación de la mujer en Yemen?
AMNA AL NASIRI. Hace 20 años, la situación era mucho mejor. Desde luego que hay un fundamentalismo religioso que va en contra de las mujeres, dirigido por gente que no entiende correctamente el islam. Cuando yo estudiaba en la universidad, hace 18 años, podía ir sin el hiyab (pañuelo), ahora no puedo salir a la calle si no me lo pongo. No hay la misma libertad que antes. La mujer yemení no sólo se enfrenta a los problemas derivados de la religión. La mala situación económica del país tiene una gran influencia. Las revoluciones que sacudieron el mundo árabe hace tres décadas han fracasado, y eso hace que la población no crea ahora en nada. Mis padres, por ejemplo, creían en muchas cosas y luchaban por ellas. Hoy, las nuevas generaciones no creen en nada, ni siquiera se respetan a ellos mismos, y tampoco respetan la vida de las mujeres. En este sentido, hay un gran problema por la lectura que desde algunos sectores se hace del islam, es preciso reinterpretarlo dejando fuera la política. Creo que estamos en la misma situación que se vivía en Europa hace 500 años. Hay que separar la religión de la política, como se pedía en el viejo continente hace cinco siglos.
YD. ¿Cuáles son los mayores obstáculos en la vida cotidiana de una mujer yemení? Es difícil escoger uno solo... Todos los problemas actúan como un todo. Hay mucha gente que no considera a la mujer un ser humano completo, sólo un objeto sexual. También muchos islamistas opinan que la mujer debe quedarse en casa. Sin trabajar, sin estudiar, sin hacer nada. Y si ella estudia, debe hacerlo para ser profesora, médico... El Gobierno habla de igualdad, pero no ha hecho nada para que esa idea esté presente en la sociedad. Es verdad que hay dos ministras en el Gobierno, pero eso no es nada, porque nosotras somos el 60% de la población. Lo que hay que hacer es cambiar toda la sociedad, no acometer pequeñas modificaciones. Las autoridades han implantado una cuota, para asegurar el 15% de los puestos para las mujeres, pero yo no creo en esa medida. Si cambia la sociedad, la mujer no va a necesitar una cuota, llegará a los puestos por ella misma. Por eso todos los problemas hay que tratarlos en conjunto.
YD. ¿Están las mujeres yemeníes organizadas para luchar por sus derechos? A pesar de todo, Yemen no es Arabia Saudí. Las universidades son mixtas, no hay división entre hombres y mujeres. Hay muchos movimientos de mujeres, y son muy activos. Pero no soy optimista. Para construir algo, es preciso hacerlo junto con los hombres. No creo al cien por cien en el movimiento feminista, aunque lo apoyo porque hay que luchar por determinados objetivos. Pero la sociedad deber caminar toda unida, hacia adelante, porque si no cambiamos también la mentalidad de los hombres, no se va a producir ningún avance.
Yemen aparece últimamente en la prensa occidental por el terrorismo islamista. ¿Cuál es la situación? Sí, es un gran problema. Veo las noticias en televisión, hablo de ello con mis amigos en Europa, pero no he visto a los terroristas en Yemen. El país está tranquilo. Yo creo que forma parte de un gran juego político internacional, que va más allá de cada país. Desde hace 20 años, los partidos islamistas son cada vez más fuertes en Yemen, y están logrando cambiar la mentalidad de la gente, pero es un fenómeno que supera al Gobierno de Yemen. La lucha contra el terrorismo ya no depende de nosotros. Y no sabemos todo acerca de ello. Es un juego sucio. ¿Por qué antes EE. UU., por ejemplo, les apoyaba y les necesitaba? Así consiguieron fortalecerlos. Nosotros, los ciudadanos de los países árabes, somos los que al final pagamos este juego.
YD. Yemen estuvo dividido hasta 1990 en dos mitades: el norte, pro occidental, y el Sur, pro soviético. ¿Qué queda del presunto sistema igualitario marxista de esa época? No lo hubo en la Unión Soviética. ¿Podría haber existido en Yemen? Lo sé, porque estudié en Moscú durante 10 años.
YD. Usted es una de las artistas más reconocidas en Yemen. ¿Qué papel cree que puede jugar el arte para cambiar la sociedad? Cuando empecé a pintar, lo hacía para disfrutar con mi trabajo. No me importaba lo que la gente pensaba de mi obra. Luego cambié de opinión. Me hice famosa y empezaron a acudir muchas personas a ver mis exposiciones. Mostraban mucho respeto, aunque no entendieran los cuadros. He vistó cómo algunos padres le decían a sus hijas que ellas debían ser como yo cuando se hicieran mayores. Que yo tenía algo que aportar a la sociedad yemení, al país. Que sigo en Yemen cuando podría estar viviendo en cualquier otro país. Por otra parte, y como profesora en la universidad, trato de cambiar la forma de pensar de mis estudiantes poco a poco, para que sean libres. Cuando todo alrededor es horrible, cuando hay guerra en Irak, en Palestina, en África, hay que hacer algo que sea agradable, bonito. Esta es una sociedad terrible, con una vida a veces horrorosa. Nosotros, los artistas, tratamos de mantener la belleza viva en este mundo. No se trata sólo de una idea filosófica, es de verdad muy importante.
YD. ¿Ha pensado alguna vez en abandonar Yemen si la situación empeora? No, no. Ya es muy mala.
YD. ¿No le importa tener que llevar el pañuelo? No, no me incomoda demasiado, es tan sólo un símbolo que me pongo para salir a la calle. Yemen es mi país, mi gente, mi familia. No puedo dejarlo. Tengo la oportunidad de mostrar mi arte en todo el mundo. No tengo problema. Mi familia es muy inteligente y me apoya.

jueves, 31 de enero de 2008

Crítica de libro: Cuando las mujeres hayan desaparecido.

Artículo publicado en Aceprensa, 30-01-08.
Ecografía y aborto seguro se suelen presentar como actos médicos que suponen un progreso para las mujeres. En Asia, sin embargo, es una combinación letal, que se está utilizando a gran escala para eliminar a millones de niñas. Hasta tal punto que hay ya un desequilibrio de sexos en gigantes demográficos como India y China. Ante esta deriva inesperada del derecho al aborto, es significativa la reacción de organizaciones que trabajan a favor de los derechos de las mujeres.

Firmado por Ignacio Aréchaga
Fecha: 30 Enero 2008

En una población normal, nacen aproximadamente 105 niños por cada 100 niñas, proporción que después se equilibra por la mayor mortalidad masculina. Pero en Asia es distinto. En la India, nacen 112 niños por cada 100 niñas. En consecuencia, según el censo de 2001, hay 93,3 mujeres por cada 100 hombres. Esto supone un déficit de unos 35 millones de mujeres, que nunca se había alcanzado en el país. Además el déficit es más acentuado en las generaciones más jóvenes, lo que indica que la eliminación de niñas se está acelerando.
La misma evolución hacia una sociedad más masculina se advierte en China. Allí nacen 117 niños por cada 100 niñas. En el censo de 2000 había aproximadamente 36 millones menos de mujeres que de hombres, dentro de una población total de 1.300 millones. Pero la eliminación de niñas podría ser incluso mayor, habida cuenta de que no pocas nacen y mueren sin ser registradas.

El fenómeno, aunque menos acentuado, se observa también en otros países de la región, como Taiwán, Bangladesh, Pakistán, Afganistán, con poblaciones anormalmente masculinizadas. Corea del Sur, donde todavía nacen 107,4 niños por cada 100 niñas, es el primer país asiático donde la desproporción está declinando desde 2002. En cambio, un dato significativo: hay una auténtica paridad en el único país católico de la zona, Filipinas, donde el aborto no está legalizado.

La tiranía de la dote

¿Por qué en Asia se da esta preferencia por el varón hasta llegar al aborto y al infanticidio selectivo de niñas? Junto al tradicional orgullo por tener un hijo varón, que transmitirá el nombre del padre y se ocupará de sus ritos fúnebres, hay una razón económica poderosa: una hija, al casarse, se va de casa de sus progenitores y pasa a formar parte de la familia de su esposo, mientras que un hijo varón es durante toda la vida el pilar en el que se apoyan sus padres, sobre todo en la vejez, en países donde la protección social es débil. Una hija es una carga, y más si hay que casarla con dote; un hijo, una inversión útil.

La situación que lleva al aborto selectivo de las niñas está bien descrita en el reciente libro de Bénédicte Manier Cuando las mujeres hayan desaparecido1, que se centra sobre todo en lo que ocurre en la India.

En la India la dote, que en su origen era algo que los padres daban a la hija porque no iba a heredar tierras, ha pasado a ser una cantidad pagada al esposo y a la familia política. En los últimos tiempos, para buena parte de la nueva clase media, la dote se ha convertido en la ocasión para una exigencia creciente de regalos, dinero, electrodomésticos... A menudo se chantajea a la familia de la novia con rechazar el matrimonio, e incluso después de la boda la familia del novio puede seguir pidiendo más. Sin dote, las posibilidades de casarse son casi nulas. En teoría, la dote es ilegal desde 1961, pero sigue plenamente implantada en las costumbres.

Una paradoja de la prosperidad

Contra lo que cabría esperar, el rechazo de las niñas y el recurso al aborto no hay que imputarlo a la pobreza, al subdesarrollo y al analfabetismo, sino a la prosperidad. Los grupos sociales más hostiles a las niñas no son los pobres, sino las clases medias, para las cuales el coste de la boda y la dote de la hija constituyen un obstáculo para su ascenso social. Por eso, no es extraño que la proporción de nacimientos de niñas sea menor en los barrios acomodados que en los populares, en las ciudades que en el campo, en los estados más ricos del norte que en los de menor renta. “Casi cabría decir –escribe Manier– que un feto femenino tiene algunas oportunidades más de venir al mundo en un barrio de chabolas del medio rural que en un barrio de clase media”.

En China, la tradicional preferencia por el varón se ha acentuado por la política del “hijo único”, impuesta obligatoriamente desde 1979 con medidas coercitivas (vigilancia de los embarazos, sanciones económicas, abortos forzosos...). Pero las parejas chinas enseguida interpretaron la política del hijo único como la del varón único. Y aunque en el medio rural se permitió luego tener una segunda criatura si la primera había sido niña, el aborto selectivo de niñas sigue dándose a gran escala.

Sinergia funesta

A pesar de que en la India el déficit de mujeres se advirtiera ya en los primeros censos al comienzo del siglo XX, la actual eliminación masiva de niñas es fruto de la “sinergia” entre la preferencia tradicional por el varón y otros factores asociados a la modernidad: el mayor control de la natalidad, la legalización del aborto y el conocimiento del sexo del feto mediante la ecografía.

Tanto en la India como en China, el control de la población ha sido objeto de intensas campañas, a menudo con medidas coercitivas, que han reducido mucho la fecundidad. Las mujeres tienen hoy día una media de 2,9 hijos en la India y 1,6 en China. Pero uno de los efectos de la natalidad planificada es que hay más intolerancia hacia los fetos femeninos.

Así lo explica uno de los testimonios recogidos en el libro: “Antaño, tenías descendencia hasta que por fin llegaba un varón. Luego apareció la planificación familiar (...) y ahora solo hay que tener dos. Así que, si el primero es niña, el segundo necesariamente tiene que ser niño. Y haces todo lo necesario para conseguirlo, abortando los fetos siguientes si son niñas”.



Ecografía + aborto

La ecografía permite ahora conocer el sexo del feto a partir de la decimosexta semana. Y como el aborto, legal en la India desde 1971, está permitido hasta la vigésima semana, hay tiempo de eliminar a la niña indeseada. A las ecografías que conducen al aborto selectivo se les denomina eufemísticamente por las siglas “SD” (iniciales de Sex Detection), de modo similar a como el aborto se denomina aquí IVE.

Para luchar contra el aborto selectivo de niñas, en 1994 se prohibió el diagnóstico prenatal del sexo. Pero no se puede prohibir que un servicio de ginecología haga ecografías, y en la India hay más de 30.000 clínicas de este tipo registradas, y otras muchas clandestinas, donde no hay ningún problema para conocer el sexo del feto. De este modo, ha surgido un negocio muy lucrativo para estas clínicas, que proponen forfaits de “ecografía+aborto” por entre 5.000 y 10.000 rupias (de 95 a 190 euros).

Según las estadísticas oficiales, cada año se realizan en la India 600.000 abortos. Pero los demógrafos aseguran que hay muchos más abortos no declarados. Un estudio publicada en The Lancet a comienzos de 2006, estimaba que cada año 500.000 niñas eran víctimas del aborto.

El aborto “desvirtuado”

Las organizaciones feministas que, como la autora del libro, defienden el derecho al aborto, ven con angustia que se ha convertido en un arma contra las mujeres. Y, aunque evitan utilizar un lenguaje afín al de los grupos pro vida, no pueden evitar que muchas de sus reacciones y propuestas se asemejen.

Hay que ir a la India para oír decir a una feminista: “Es sencillamente el grado máximo de violencia contra las mujeres: el que les niega el mismísimo derecho a nacer”. Sin cuestionar el aborto, lo que las feministas condenan allí es que la ecografía y la interrupción del embarazo, que supuestamente deberían representar un progreso para las mujeres, se hayan “desvirtuado” para volverse contra ellas.

Pero, con la lógica del derecho al aborto, poco se puede objetar. Si el feto puede ser eliminado por cualquier motivo (económico, social, psicológico...) que le haga indeseable para la mujer, ¿por qué no por razón del sexo? Las mujeres indias, al igual que sus maridos, prefieren hijos varones, a los que no hay que dar una dote, entre otras cosas.

El negocio de las clínicas privadas

En la India, las organizaciones feministas no tienen palabras suficientemente fuertes para descalificar a las clínicas que se lucran con los abortos selectivos de niñas. En el libro de Manier se denuncia “la impunidad generalizada de una clase médica” que vive de “esta industria multimillonaria”. El comportamiento de los médicos que utilizan la ecografía para los abortos selectivos es calificado como “ilegal, inmoral y contrario a la ética médica”.

Por eso piden que se obligue a las clínicas a cumplir la ley y reclaman sanciones más duras. Ya en 2001 se reforzaron las penas por abortos selectivos: multas elevadas y hasta cinco años de prisión para los médicos, embargo del aparato de ecografía, suspensión del ejercicio de la medicina y prohibición de ejercer en caso de reincidencia.

Pero, como suele alegarse en el caso del aborto clandestino, si las ecografías para saber el sexo no son legales, siempre se hará lo mismo por la puerta de atrás. La realidad es que el aborto ha entrado en las costumbres, y estas leyes se quedan en papel mojado.

Cruzada selectiva

Junto a las sanciones legales, las organizaciones que luchan contra el aborto selectivo en la India proponen también una serie de medidas que erradiquen las causas del rechazo de las niñas: abolir la dote, un seguro para que los progenitores no dependan en la vejez de la asistencia de un hijo varón, el acceso de las mujeres a empleos que les den una autonomía económica y contribuir así en términos de igualdad a la renta familiar, acceso a la herencia... En definitiva, lo que está en juego es un cambio en el estatus de las mujeres, que pasa por una transformación de las mentalidades.

Pero la gran mayoría de la sociedad india, reconoce Manier, permanece insensible ante este problema de la discriminación prenatal. La autora lamenta incluso que “en el plano religioso, no se ha pronunciado ninguna excomunión”, y las condenas emitidas por las autoridades religiosas (cristiana, sij, musulmana...) surten escaso efecto.

Algunas ONG han decidido luchar contra la eliminación de las niñas con acciones que si las utilizara un grupo pro vida causarían escándalo. “En los pueblos de Tamil Nadu –cuenta Manier– se han creado comités de vigilancia denominados sangam, que llevan un registro de los embarazos en curso en cada aldea y amenazan con denunciar a las familias a la policía en caso de que la madre aborte un feto femenino, de que cometan un infanticidio neonatal o de que se produzca una muerte prematura sospechosa de una niña”.

Si esto no es una “cruzada antiabortista”, se le parece mucho. Pero sería más convincente si no fuera tan selectiva, y abarcara a los dos sexos.

Porque, ante el libro de Bénédicte Manier, que respira indignación moral en muchas de sus páginas, es inevitable plantearse una pregunta: si en vez de haber en Asia, por obra del aborto selectivo, un déficit de cien millones de mujeres, faltaran 50 millones de niñas y 50 millones de niños, ¿ya no habría ningún problema?

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(1) Bénédicte Manier. Cuando las mujeres hayan desaparecido. Cátedra. Madrid (2007). 187 págs. 16 €. T.o.: Quand les femmes auront disparu. Traducción: Magalí Martínez Solimán.

miércoles, 23 de enero de 2008

Noticias de libros: "Una revolución silenciosa"


Gracias a buena parte del movimiento feminista la mujer es un sujeto de pleno derecho en el mundo occidental. Sin embargo, las mujeres empiezan a no reconocerse en un feminismo radical, que elimina las distinciones entre masculinidad y feminidad, y pretende que el género de las personas sea el que ellas elijan, sin condicionamientos biológicos. Jesús Trillo-Figueroa analiza esta ideología en su libro Una revolución silenciosa: la política sexual del feminismo socialista1. Aceprensa ofrece una selección de párrafos.
Firmado por Jesús Trillo-Figueroa Fecha: 23 Enero 2008
La primera revolución sexual tenía por objetivo la liberación sexual; es decir, la eliminación de todas las represiones que, según los partidarios de la revolución sexual, la sociedad había impuesto a través de normas morales y de prohibiciones a la práctica de la sexualidad, para llegar a conseguir la generalización del amor libre. La sexualidad era básicamente una relación biológica, psíquica y somática, pero una relación natural.
La que llamamos segunda revolución sexual parte de la idea matriz, expuesta por Kate Millet, en virtud de la cual, la sexualidad, la relación sexual, expresa una idea de poder, una relación política. La primera revolución transformó la política en sexo; esta segunda ha transformado el sexo en política, convirtiéndola en política sexual. (...)
Foucault y la represión
Michel Foucault vino a decir que la historia es un “continuo” de prácticas represivas realizadas a través de instituciones creadas por el poder para controlar y dirigir la sociedad. Tales instituciones son el manicomio, la cárcel, o la sexualidad. Para él, “el sexo es algo que ha habido siempre” (...); lo que es una invención reciente es la sexualidad, que en su opinión aparece en el siglo XVIII y debe entenderse como el conjunto de “prácticas, sobreentendidos, palabras, miradas, normas, reglas y discursos relacionados con el deseo, la genitalidad, etc.”.
Foucault rechaza la tesis de la represión porque, en su opinión, “aunque el discurso sea represor, produce materialidades: exacerba el deseo”. (...) En conclusión, al poder le interesa que haya deseo exacerbado y haya delitos, para seguir manteniéndose en el chollo; todo esto es lo que llama “la astucia del poder”. Las tesis de Foucault, desde el punto de vista ético, no son nada nuevas; no son más que una traducción al sexo de la genealogía de la moral de Nietzsche, que estableció el relativismo histórico de la moral. La novedad reside en la ontología, y esto no se debe a Foucault, sino a las feministas.
Una relación de poder
(...) Según Simone de Beauvoir, la mujer no nace, se hace. En ello estaba implícita la diferenciación entre el sexo, como dato biológico, y el “ser mujer”, la función social asignada por la cultura a las funciones propias de cada sexo, que posteriormente se daría en llamar género. Kate Millet va más allá y dice que una cosa es el sexo biológico, como condición física y corporal de una persona, y otra cosa es el sexo como práctica del deseo sexual, que ya no es una relación amorosa entre hombre y mujer de carácter natural, sino que se convierte en una relación política, es decir, una relación de poder.
La novedad es que el amor, aunque sea en su versión hedonista de “hacer el amor”, ya no es una relación de naturaleza pulsional, libidinosa, gozosa o espiritual, sino un espacio político en el que se manifiesta una relación de poder. En su historia de la sexualidad, Michel Foucault recoge esta tesis y sostiene que el sexo es el producto de un discurso político concreto correspondiente a una época determinada: “La experiencia de la sexualidad está producida por una génesis histórica concreta”.
Dicho de otra forma: la sexualidad es un producto que el poder dominante en cada época histórica utiliza para controlar la sociedad de su tiempo. Para ello, el poder elabora tecnologías del sexo, que son las técnicas de control que desarrolla para asegurar su mantenimiento. (...) Si a ello añadimos la estructura elaborada por el feminismo de sexo-clase, serán las técnicas sexuales que el patriarcado burgués elabora para controlar a las mujeres. Esta es la clave teórica que da lugar a lo que venimos llamando política sexual.
Como filósofo que es, Foucault trasciende la historia y elabora una nueva ontología en torno a la verdad, que las feministas posteriores captan sutilmente para continuar la labor emprendida por Simone de Beauvoir y las feministas radicales americanas. La argentina Esther Díaz lo expresa bien: “Las verdades no valen por sí mismas, necesitan un poder que las sostenga. El poder de la verdad no es una metáfora. Únicamente se aceptan como verdaderas las proposiciones que obtienen poder de las prácticas sociales” (Esther Díaz, La sexualidad y el poder, Almagesto/Rescate, Buenos Aires 1993). Al cabo, la verdad será lo que diga el poder. (...)
Sexo y género
Las consecuencias derivadas de la idea de que el sexo es un invento artificial, de la cultura o de la política, pueden ser infinitas. (...) En general, lo que de manera inadvertida se ha impuesto es el empleo de la palabra género por sexo, lo cual no es inocente, porque constituye el propósito intencionado de la llamada ideología de género.
La palabra género tenía un uso gramatical, para distinguir entre una palabra masculina, femenina o neutra. El que primero utilizó el término género para referirse al concepto de identidad de género, definido como la conciencia individual que de sí mismo tienen las personas como hombre o como mujer, fue el doctor John Money, de la Universidad John Hopkins de Baltimore, en 1950 (John Money, Desarrollo de la sexualidad humana, Morata, Madrid, 1982).
Según Money, la identidad de género del individuo dependía de cómo había sido educado de niño, y podía resultar diversa del sexo biológico. Sostenía que se podría cambiar el sexo de la persona con la educación; y que a los niños nacidos con órganos genitales ambiguos se les podía asignar un sexo diverso del genético mediante una modificación quirúrgica, que en su opinión debería realizarse antes de los 18 meses, pues de otra forma el sexo biológico podría determinar un cierto rol de género impuesto por la sociedad (ver apoyo, pag.4).
Así nació también el concepto de género como “rol”, o conjunto de funciones que la sociedad asigna a cada uno de los géneros. En 1968, el psiquiatra Robert Stoller publicó una obra llamada Sex and Gender. En ella, popularizó las ideas de Money (...): “El vocablo género no tiene un significado biológico, sino psicológico y cultural. Los términos que mejor corresponden al sexo son macho y hembra, mientras que los que mejor califican al género son masculino y femenino, y estos pueden llegar a ser independientes del sexo biológico”.
Política sexual
Kate Millet, en su obra Política sexual, utilizó el concepto de género expuesto por Stoller para sus finalidades ideológicas, proporcionando a su convicción existencialista de que la mujer se hace, derivada de la influencia de Beauvoir, una fundamentación “científica”. Millet destaca y acentúa la idea de que no tiene por qué existir una correspondencia biunívoca y necesaria entre sexo y género, y, por tanto, sus desarrollos pueden tomar caminos independientes.
Millet escribe: “Lo que llamamos conducta sexual es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana socialización del individuo y queda reforzado por las experiencias del adulto”. En principio, el género es arbitrario; es el patriarcado, y las normas impuestas por el sistema patriarcal, quien establece el papel de los sexos, pues según esta doctrina, al nacer no hay ninguna diferencia entre los sexos. (...)
¿Perspectiva o ideología?
El término género, que en principio tan sólo sirve para significar un instrumento analítico de las “funciones o roles” que a cada sexo se le asignan por la cultura, la historia, la sociedad y otros factores, era útil metodológicamente para las investigaciones; pues distinguir entre el sexo, asignado por la naturaleza biológica a cada persona, y el género, entendido como la función que la sociedad asigna a cada sexo, permitiría discriminar analíticamente estas, para corregir muchas injusticias que las mujeres sufrían por la asignación de unas funciones que realmente no se correspondían, o se derivaban de una irracional distribución de las funciones sociales en razón de la condición sexual de cada género.
Pero pronto se utilizó un término equívoco de género, como producto exclusivo de la cultura, que ha supuesto una auténtica revolución cultural. La ideología feminista ha transformado la palabra género en razón de sus intereses estratégicos convirtiéndolo en un concepto valorativo que sirve para desnaturalizar el sexo y convertir el género en el significante, en instrumento o “dispositivo” político de dominación.
Las teorías de Money encontraron un gran apoyoentre las feministas radicales, y el libro de Kate Millet Sexual Politics se convirtió en la difusión política e ideológica de sus doctrinas. A lo largo de la década de los 80, el término género se hizo omnipresente en todos los programas de Women Studies, al punto de que nació la disciplina de Estudios de Género, y la antropología de género pasó a ser una rama con pretensiones de disciplina académica.
A partir de aquí, (...) existe una radical escisión entre sexo y género, y entre naturaleza y cultura. Esta es la acepción de género que ha implantado la ideología de género, en la que podemos englobar todas las tendencias feministas derivadas del feminismo radical de la igualdad, del feminismo socialista, que tuvieron un éxito definitivo al conseguir que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer celebrada en 1995 en Pekín adoptara una resolución en la que se consagró la llamada perspectiva de género. Desde entonces existe una gran confusión respecto de la utilización del término género, y de lo que significa perspectiva de género. En principio, nada tienen que ver la utilización del género por la ideología de género y el uso dado por la ONU o las instituciones europeas.
Una construcción social
La teoría feminista y la ideología de género consideran como dogmas inamovibles, que implican una nueva epistemología –una nueva forma de conocer la realidad–, el hecho de que la sexualidad está necesariamente desligada de su origen natural –que, en el mejor de los casos, considera al sexo biológico como un mero dato– y en consecuencia la sexualidad es una construcción social. Es decir, las personas humanas, según el dato biológico del sexo, nacen machos o hembras, pero la sociedad, con su actividad, construye la sexualidad, convirtiéndolos en hombres y mujeres, y la cultura engendra las ideas de masculinidad y feminidad.
Todo ello conduce al final al orden al que finalmente pertenece la sexualidad: el orden simbólico, el orden del significante. Por eso, a partir de aquí, la sexualidad humana no es una realidad biológica o derivada de la libido, gobernada por leyes naturales o químicas, sino más bien una idea regulada por las leyes del lenguaje de la representación. Todo esto es lo que se llama el triunfo del “construccionismo de género”; es decir, el artificio o invento creado por la voluntad de alguien; frente al “esencialismo de sexo”, que es la creencia de que el sexo lo determina la naturaleza. (...)
Deconstruir el género
A pesar de la teoría y de la corrección política feminista, existe una gran contradicción, porque la realidad es que la teoría feminista anhela un futuro sin género, un futuro sin sexualidad. (...) Se trata de excluir tanto la masculinidad como la feminidad, es decir, de acabar tanto con los sexos como con los géneros: de deconstruir el género mediante la destrucción del sexo y la resignificación del género.
Para ello, existen dos grandes vías en el feminismo de la igualdad: la de la tradición “ilustrada” que, basándose en el existencialismo de Beauvoir y en el igualitarismo radical, opta por suprimir cualquier diferencia entre hombre y mujer, masculino y femenino, y postula lo que llama universalidad, es decir, la total confusión, para desde ahí establecer la sexualidad según el principio de libre elección, en el sentido de que el género de las personas será aquel que elijan libremente en la realización de su existencia; y la de las “posmodernas”, que parte de la tesis estructuralista de que “el sujeto no habla” sino que “es hablado”; es una “posición en el discurso”, “un eslabón en la cadena de significado”, siempre ya constituida; por eso el género será lo que resignifique el discurso.
Por lo tanto ambas posibilidades pasan por la pluralidad de géneros: femenino, masculino, heterosexual, homosexual, lesbiana, transexual, para terminar postulando la desaparición del sexo-género. Para la primera posición, el sexo-género dejará de existir cuando se implanten las condiciones para que la mujer “acceda al estatuto de individuo” y a “la ciudadanía” (...). Para la segunda vía, antihumanista y foucaultiana, el género-sexo desaparecerá “perdido en la parodia” del drag queen y en la transgresión permanente de géneros.
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(1) Jesús Trillo-Figueroa. Una revolución silenciosa. Libroslibres. Madrid (2007). 308 págs. 20 €.